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Panamá, lunes 26 de mayo de 2008
 

NORMAS DEL CATOLICISMO.

Debate sobre el celibato y otros agravios

Enrique Jaramillo Levi
opinion@prensa.com

El celibato impuesto a los sacerdotes católicos desde hace siglos por las rígidas normas del Vaticano siempre ha constituido un exabrupto por su índole antinatural, totalmente deshumanizada. Por supuesto, ese mandato arbitrario no viene de Jesucristo, sino de un concepto equivocado – "retorcido", sería una expresión adecuada– que desde hace siglos tiene la cúpula jerárquica en torno a la ejemplar vocación de servicio que las funciones sacerdotales más auténticas en efecto requieren. Se trata de un requisito exigido por un poder eclesiástico que desde el principio no hizo más que propiciar, y tradicionalmente encubrir vergonzosamente, innumerables actos de auténtica inmoralidad y afectación de la dignidad humana de terceros. Piénsese en las violaciones y casos múltiples de pederastia encubierta, que hoy le están costando a la Iglesia inmensas cantidades de dinero a causa de demandas y sanciones, sobre todo en Estados Unidos.

En muchísimos otros casos, durante siglos se ha fingido demencia ante miles de situaciones de la vida real en que los curas mantienen relaciones de mutuo consentimiento con mujeres u hombres, por encima de lo que le ordenan sus votos sacerdotales, muy difíciles de cumplir por cierto sin mutilar la más elemental sexualidad que el mismísimo Dios ha puesto en la fisiología y emociones de todo ser humano. Pretender, en el mundo de hoy, continuar imponiéndole esta carga a personas educadas que ofrendan su vida a la propagación de la fe y a tratar de hacer compatible la dura cotidianidad social con el ámbito espiritual necesario, está fuera de toda lógica y justicia.

Como se sabe, la mayor parte de los apóstoles eran hombres casados. Por otra parte, durante siglos ha existido la sospecha de que el mismísimo Jesús mantuvo una relación de pareja con María Magdalena (oriunda de Magdala), a quien confió incluso una parte vital de su auténtico apostolado tras su muerte y resurrección. No en balde ella fue de las primeras personas a las que se le apareció tras su muerte en la cruz, incluso antes que a sus apóstoles. Esta relación no tendría nada de extraño, y mucho menos de "pecaminoso", si pensamos que si el mismo Dios encarnó en María y asumió una vida del todo humana en la persona de Jesús, incluyendo voluntariamente el más atroz sufrimiento y, por supuesto, el escarnio de la muerte, era lógico que experimentara también una sana inclinación por ejercer la sexualidad que él mismo (o su "Padre celestial", según se mire), desde una dimensión supranatural implantó en todas sus criaturas –plantas, animales y humanos– desde el principio de los tiempos.

En este sentido, no debe haber dogmas de ninguna índole que nos impidan, desde la racionalidad y la justicia, investigar y pensar las cosas seriamente, desmitificar y corregir errores y agravios, y ejercer un criterio humanístico de altura en bien de la propia Iglesia y de los hombres y mujeres que tratamos de profesar, sin ancestrales traumatismos absurdos, la fe católica. Al igual que existió un largo período criminal en la historia del catolicismo, cuando los tribunales de la "Santa" Inquisición hicieron de las suyas brutalmente, diezmando a miles de miles de inocentes en España y en sus colonias de América en nombre de Dios y de la continuidad de la aristocracia papal enquistada en el poder, y esto se hizo para castigar delitos la mayor parte de los cuales desde ningún punto de vista lo eran (y aunque lo hubieran sido, ¿por eso había que asesinar a todos esos hombres y mujeres en la hoguera?). Es preciso reconocer, con tristeza, que la Iglesia se ha equivocado una y otra vez en el desarrollo de su historia, y por tanto, ha cometido arbitrariedades abominables. Y para colmo, muy pocas veces ha pedido perdón.

Algunas de esas arbitrariedades empiezan con la manipulación de documentos, en los primeros tiempos de la Iglesia, con la deliberada desaparición o supresión de los ahora llamados "evangelios apócrifos", varios de los cuales a mediados del siglo XX fueron reapareciendo en fragmentos en el Alto Egipto y cerca del Mar Muerto, y al ser descifrados nos ofrecen otras versiones de las realidades históricas y las creencias cristianas primitivas que se buscaba ocultar (se han encontrado, por ejemplo: el llamado evangelio de María Magdalena, el de Judas, el de Tomás y el de Felipe, entre otros).

Por sus gravísimos errores (en el caso de la Inquisición se trata de verdaderos crímenes de lesa humanidad), muchos son los desagravios que la Iglesia católica le debe todavía a la humanidad, lo cual no habla muy bien de la supuesta infalibilidad del Papa y otros dogmas insostenibles, además de que contradice totalmente el sublime legado espiritual y social de Jesús. Por eso, es triste que tantos feligreses pensantes sigan acatando ciertas normas a regañadientes y en contra de sus más caros principios y creencias íntimas, sobre todo en relación con determinados temas que los afectan directamente, como lo son, entre otros, el divorcio cuando está justificado, el uso legítimo de anticonceptivos y de preservativos en las relaciones sexuales, el aborto en casos de violación o graves deformaciones del feto, y los casos extremos de eutanasia. O que finalmente, ejerciendo en estos temas su mejor criterio al aplicarlo a sus vidas, tantos católicos tengan en aras de su fe que entrar en conflicto "moral" con las normas de una Iglesia a la que, pese a todo, aman y quisieran ofrendar respeto y sumisión.

Así como hoy en día sentimos extrañeza o desasosiego ante el ejercicio de los fundamentalismos y los fanatismos, tanto de la ortodoxia judía como de la musulmana, sobre todo, cuando al exacerbarse y volverse intolerantes con los demás afectan a quienes no comparten sus creencias, el dogmatismo tradicional ejercido por la cúpula del catolicismo continúa significando también una afrenta hacia los problemas prácticos de muchos católicos en el mundo que quisieran vivir más de cerca, con autenticidad, los mejores valores de su fe. Sin ánimo de molestar a nadie, dejo planteadas estas ideas que podrían –ojalá– ser el inicio en nuestro medio de un debate intelectual de altura.

El autor es escritor y promotor cultural
© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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