CRISIS ECONÓMICA.
La mano invisible del mercado inmobiliario
Javier Barrios D.
opinion@prensa.com
Décadas atrás, Compa Víctor cultivaba con mucho entusiasmo ají pimentón, el cual transportaba en chiva gallinera al antiguo mercado del terraplén, esperanzado en que le ofrecieran un buen precio, pero el "cartel" de los intermediarios terminaba ofreciéndole una bicoca. Me confesó un día, que le provocaba tirar los sacos de pimentón a la bahía o llevárselos de vuelta, pero nunca lo hizo, retornando siempre a Campo Alegre con menos dólares de los que había invertido en sus arduas labores y en el flete. ¡Peripecias del libre mercado que a la OMC no le interesan!
Según Adam Smith, padre de los economistas, hay una "mano invisible" que mueve las fuerzas del mercado, y los teóricos neoclásicos de esta disciplina, siguiendo al maestro, siempre han soñado con la competencia perfecta, que, a mi parecer, solo existe en los libros, en las aulas universitarias y en las oficinas del FMI, pues no ha de faltar alguien que impida su efectividad. Y es que el laissez faire (hacer y dejar hacer) termina confundiendo libertad con libertinaje y convirtiendo el sistema de libre mercado en una jungla… en un manicomio.
Por eso Marx, genio de varias disciplinas (no trasnochado, aunque la URSS haya colapsado), en su estudio crítico del sistema capitalista (El Capital) concluyó que éste sufre de crisis cíclicas, como la de los años 30, problema que los neoclásicos han aprendido a mitigar, reduciéndolas a mini crisis, aunque de falda larga en algunos países; sin embargo, no deberá extrañarnos que la "mano invisible", en su frenesí, termine un día provocando otra gran crisis. ¿Será que se avecina?
Desde tiempos de la colonia, los que han dirigido la economía y, de paso, los destinos de este país, han anhelado convertirlo en una ciudad anseática (como la de los Países Bajos de la antigua Europa). Ya casi lo han logrado, pues aunque tenemos industriales y empresarios del agro muy exitosos, el país, principalmente la zona metropolitana, es una plataforma de operaciones (comerciales y de servicios) internacionales, al punto que el sector servicios contribuye con dos tercios del PIB. Dicen (exagerando) que muchos patriotas del área metropolitana no tienen idea de cómo se pone un tornillo, pues nacieron y crecieron detrás de un mostrador, donde aprendieron que para pasar el examen de un buen negociante, lo que se compra hoy hay que venderlo (mañana es tarde) redituando, como mínimo un 100%, y encima, llorando. Esa es la cultura de comerciante arraigada en la mayoría de los panameños, madre del juega vivo.
Ahora resulta que el mundo, como Rodrigo Galván de Bastidas en 1501, se ha percatado que Panamá existe, que aún es virgen (¡por los costados!) y se la están repartiendo cual pastel. El panorama es muy alentador, pero riesgoso, a la vez, con una fama que trasciende fronteras. A los extraños les ha venido a bien un dólar devaluado y otra serie de ventajas que ofrecemos, pero puede ocurrirnos lo de los (as) artistas que, cuando llegan a la cima de su fama, terminan cayendo en las redes del vicio y otras calamidades. Los que han vendido sus tierras (los nuevos ricos), ojalá tengan a bien invertir o guardar su dinero; los obreros, nada nuevo, están comiendo "pan para hoy, hambre para mañana" (el boom, palabrita de moda, no permea); los comerciantes están de plácemes, y algunas inmobiliarias y "clientes" especulando. Este sector, sin embargo, no comprende cómo es que Panamá perdió el primer lugar como sitio ideal para retirados y que sus ventas no están alcanzando los niveles esperados; como si duplicar los precios por metro cuadrado de un apartamento o de un terreno en menos de dos años no tuviera efecto alguno en los clientes potenciales. ¡Esas son las reglas!
Panamá siempre ha sorteado bastante bien las crisis económicas mundiales y regionales, pero si las inmobiliarias insisten en continuar levantando deportivamente torres (ya hay unos 40 mil apartamentos y vienen más) y con intenciones avaras, la crisis les sobrevendrá y los bancos terminarán con sus cajas fuertes repletas de rascacielos, que no son zapatos ni ropa. Si está ocurriendo en EU, ¿por qué no aquí? Esperemos que cuando sobrevenga no arrastre a otros sectores o que el país pueda seguir impulsando otras actividades (el Canal, el turismo, puertos, agro exportaciones, etc.) para compensar. Por los vientos que soplan, para muchos la "mano invisible" del mercado inmobiliario terminará convirtiéndose en la "mano negra".
El autor es economista
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