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Panamá, miércoles 7 de mayo de 2008
 

GENERACIONES.

Cara y cruz

María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es

Cuarenta años más tarde, es justo recordar aquel mayo del 68 bajo la luz objetiva que presta la lejanía y el velo compasivo que presta la nostalgia. Fueron los mejores años de nuestras vidas, de los que entonces éramos jóvenes universitarios, padres sesentones ahora de hijos que, finalizada incluso su etapa formativa, caminan por el terreno de la profesión.

Era primavera. Nos habíamos despojado de la ropa de invierno porque los jardines se habían llenado de flores y los crepúsculos eran lentos, tibios y largos, pero nos despojamos también de otro ropaje que nos ataba a un mundo que aniquilaba nuestros mitos. El Che había sido asesinado en el 67; en abril del 68 mataron a Luther King, Praga hacía el intento de ser libre antes de sucumbir bajo los tanques soviéticos, y la guerra de Vietnam asolaba poblados de inocentes.

En mayo del 68 los jóvenes escuchábamos a los Beatles, nos las dábamos de intelectuales porque leíamos a Marcuse, a Sartre y a Camus, nuestros sentidos buscaban el erotismo de Rimbaud y de Neruda, y nos rebelábamos ante unas estructuras académicas y familiares que nos conducían a una existencia burguesa que se nos antojaba detestable. Fue en primavera cuando los estudiantes de París estallaron en una rebelión breve e intensa, y que por sonada no fue la única: también les había llegado la hora a los estudiantes de Estados Unidos de América, de México, de Brasil, de Madrid, y de Roma o de Praga.

Si algo cambió fue porque la revolución nos la llevamos a casa, y aquellas estructuras familiares que nos ahogaban cayeron como muro de Berlín en los hogares de después construimos. Cambió en el mundo de occidente, el significado de la palabra autoridad. Tal vez sea ese nuestro único mérito.

Es muy probable que aquellos jóvenes universitarios del 68, sean hoy padres con los que sus hijos han podido hablar de sus amores, de sexo, de sus anhelos y de sus tristezas; que hayan querido que sean felices antes que sacrificarlos al dogma del "qué dirán"' que rigió nuestra educación, y que los hayan animado a buscar su propia ruta en vez de hacer la sacrosanta voluntad paterna.

Rompimos las barreras de las generaciones, porque a los que somos ahora los burgueses que no quisimos ser, algo se nos quedó de una juventud prodigiosa, cuando el futuro se nos mostraba lleno de posibilidades, el sexo era un placer seguro, y la ingenuidad de los ideales se nos salía a borbotones por los poros. Cuando la vida era una fiesta y teníamos fe. Cuando nuestra lucha era contra la barbarie de la guerra y contra los esquemas rígidos: los académicos castrantes; unas horas de entrada fijas en casa, y el miedo de las madres a que un paso en falso diera al traste con nuestro prestigio social.

Pero los que nos creíamos en las puertas de un mundo nuevo, ya hemos sido juzgados. La generación posterior a la nuestra, la de los 70, nos acusaban de habernos arrogado el derecho de las rebeldías, y la de los 80 y 90, ¿cómo podrían imaginar a la señora que ahora es la abuela de sus hijos, escribiendo en las paredes frases tan utópicas como "Prohibido prohibir" o "Sed realistas; pedid lo imposible"? ¿Cómo imaginar a su padre, ahora cercano a la jubilación, arengando masas trepado en la estatua de algún prócer? Las críticas van más allá: el consumo de drogas que generalizaron los hippies, la crisis de la familia tradicional o la pérdida de autoridad de los maestros. Nicolás Sarkozy acusaba en su campaña política al mayo del 68 de todas las desgracias sufridas por Francia desde entonces. El detalle es que antes de ese año, ni siquiera él mismo hubiera podido ser candidato a la Presidencia por su condición de hijo de emigrante y de divorciado. Cara y cruz de la moneda.

Más que una revolución política, aquello fue una revolución cultural, y más que el deseo de cambiar el mundo, lo que se pretendía, siguiendo el postulado de Rimbaud era "cambiar la vida", hacerla más placentera y más libre de ataduras, incluidas las que provienen de la revuelta misma: Algo así como: "La revolución cesa a partir del instante en que hay que sacrificarse por ella". Con espíritu semejante no se podía ir demasiado lejos.

Hubo una época en que fuimos jóvenes. Ahora tan solo nos queda extender nuestras alas solidarias con las nuevas generaciones, cuyo futuro se ve amenazado por el desempleo, el placer del sexo por el sida, y su tranquilidad por la violencia cotidiana. No sería justo juzgar su falta de fe. No han tenido el privilegio de gozar de la primavera.

La autora es filóloga
© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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