RUPTURA O CONTINUIDAD.
Es la política, tonto
Emilio García Méndez
Quién no recuerda el apotegma marxista según el cual la infraestructura determina la superestructura y la mucho más reciente, menos sofisticada pero, indudablemente, más clara frase de campaña del ex presidente Clinton: "es la economía, estúpido". Sin embargo, en la Argentina, país de excepciones (en otras cosas porque no abundan las reglas), las afirmaciones arriba citadas parecieran no verificarse. Más de cinco años de un crecimiento económico espectacular y que las favorables variables internacionales por sí solas no consiguen explicar, no han traído ni por asomo señales de estabilidad política.
El actual gobierno de Cristina Fernández de Kirchner reclama, con una lógica imposible de comprender para los comunes mortales, ruptura o continuidad con el anterior gobierno según sea el tema y la conveniencia coyuntural. En un gobierno de 2 x 1, que hace gala de la enorme estabilidad de sus ministros y altos funcionarios, hace un par de días asumió el quinto ministro de economía. Menos en un caso, donde una inexplicable bolsa con dólares detectada tempranamente por la prensa se llevó la cabeza de una ministra del área, en el resto de los casos los cambios obedecen paradójicamente a una situación mucho más de permanencia y continuidad que de ruptura.
No constituye un secreto para nadie, y mucho menos se pretende constituir esta constatación en una denuncia, que el presidente y hoy formalmente ex presidente, Néstor Kirchner, ha sido y continúa siendo el único y verdadero ministro de economía. Si no fuera porque los misterios políticos constituyen una constante en la vida política argentina, este nuevo cambio en la cabeza, ya que no en la dirección del rumbo económico, resultaría un motivo de asombro. También aquí, la ausencia de mecanismos institucionales que permitan resolver los normales conflictos que a diario se producen en una sociedad díscola y plural, terminan con la muerte simbólica del portador de las malas noticias.
Un lúcido y agudo periodista económico ha recordado lo que todos sabemos en general, pero que no registramos automáticamente en este caso particular, que la Argentina es un país pendular y que los movimientos de péndulo no han sido lo que se dice particularmente dulces.
Ha sido un clásico de esos últimos 50 años el poder desmesurado del ministro de economía, que tradicionalmente ha disputado poder con el presidente de la República. Este poder no ha sido el resultado de la "genialidad" de estos ministros, sino precisamente del hecho de que, salvo honrosas y breves excepciones, los mismos han sido representantes y delegados conspicuos de lo más concentrado y rancio del establishment nacional e internacional. Pero el movimiento del ángulo vicioso del péndulo no lo ha llevado automáticamente al ángulo virtuoso. La oscura connivencia con intereses petroleros nacionales e internacionales y la ausencia de movimientos serios, aunque fueran graduales y pausados, en la dirección de mejorar las políticas de distribución del ingreso, más que una deuda pendiente aparecen como una deuda no reconocida de ninguna de las dos administraciones en las que se desdobla el actual gobierno.
Es cierto que la intensidad y virulencia del actual conflicto del gobierno con el sector agropecuario, episodio importantísimo de una feroz guerra en la puja distributiva, ha impregnado totalmente la actual coyuntura. Sin embargo, ello sólo tampoco alcanza para explicar esta nueva salida intempestiva de un nuevo ministro. Es en un estilo de gestión y en su desprecio por el organigrama institucional donde hay que buscar algún tipo de explicación, sin que necesariamente esta posea ribetes de racionalidad. Un pintoresco secretario de comercio que ha hecho de la amenaza y la bravuconada un estilo tan grotesco cuanto exitoso, si lo medimos en ministros de económica defenestrados, parece ser la clave para entender una inestabilidad política que ya alcanza ribetes preocupantes. De Guillermo Moreno, el secretario en cuestión, han dicho quienes lo conocen y padecen (perdón por la tautología), que el mismo posee tal nivel de excitación y irascibilidad que en realidad algunas raras veces tiene arranques de tranquilidad.
Comienza a resultar un consenso nacional sólo no compartido por un puñado de fanáticos que el estilo Kirchner ha encontrado hoy su propio límite y que, en previsión de lo que podría venir a sucederlo, no cambiarlo sería un gesto tan temerario cuanto suicida.
Como una forma de contribuir a la cordura suavizando las palabras humildemente utilizo este espacio para recordar que: "Es la política, tonto".
El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires
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