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Panamá, martes 29 de abril de 2008
 

DESARROLLO INCLEMENTE.

Por un camino incierto

Carlos Eduardo Galán Ponce
opinion@prensa.com

Si la idea es que la humanidad perdure, escoger entre el concreto y la naturaleza no debe ser motivo de dudas. Sin pretender demeritar a nadie, un bloque de cemento lo pega cualquiera, hoy o mañana, igual se quita para reubicarlo y no pasó nada. Con la naturaleza la cosa es muy distinta. A un árbol de alerce –Fitzroya cupressoides–, le toma 400 años alcanzar su pleno desarrollo.

Para llenar la ciudad de moles de materiales inertes, que para paliarles su calor pretenden "beberse" nuestros ríos, solo se necesitan unas pocas cosas: primero el dinero, que al ritmo que va, canjearlo por cualquier otro artículo es una mejor opción, y más si lleva algún tinte de "lavandería" o se encuentra a riesgo de aparecer en el centro de una investigación. Luego, necesitas autoridades sentadas detrás una registradora, cuyo único fin sea sumar dinero –que puede ser en dos sentidos– para mostrar eufóricos un "índice de desarrollo", una cifra cuyo beneficio solo alcanza a unos pocos, que la mayoría ni nota y que sirve para lectura de los que la inventaron. Ahora solo te falta otro conjunto de autoridades dispuestas a decirle "sí" a todo, para que te provean de los permisos que nunca lograrías en países más cuidadosos. ¡Y listo! Hermosos barrios con un estilo de vida tranquilo y placentero sucumben al golpe de los martillos y las maquinarias.

La aglomeración y el ruido obligan a los que van quedando a vender e irse, viendo cómo sus hogares son demolidos. Pedazos de historia patria y de una época de vida elegante desaparecen al empuje inmisericorde de depredadores, que son la vergüenza de sus títulos académicos, y de funcionarios que la miopía es el término más benévolo con que los pudieras calificar. Ciudadanos que llenaron nuestras ciudades de hermosos parajes residenciales, se ven desplazados para el beneficio de una ola de extranjeros y nacionales para quienes los sitios que guardaban el paso de varias generaciones, no son más que una inversión que ofrecen promotores y funcionarios que van por el mundo vendiendo el país por trozos.

Al final de este camino, el ciudadano común queda enfrentado a un incremento en el costo de la vida, imposible de sobrellevar. Y los antiguos residentes que se vieron forzados a enajenar su entorno, a cambio de su patrimonio, les dejaron un instrumento bancario o una transferencia electrónica de algo que cada día vale menos. El país se convierte en una aglomeración de consumidores exonerados de impuestos, a los que hay que proveer de los servicios públicos, incluyendo la comida que ya escasea, porque en esta invasión desordenada, ninguno viene a producir algo que ayude a proveer sus necesidades básicas. Si la parte positiva de esta desviación económica es la mano de obra que se genera para los obreros, no creo que el sueño de ellos sea pasar los mejores años de su vida haciendo lo mismo, por un salario que cada vez les rinde menos. Y cuando el desgaste físico les impida continuar, no poder aspirar a retirarse con una pensión digna, o dedicarse a otra actividad menos agotadora, que los ayude a subsistir hasta el día en que el calendario los venza. Estar inmersos en el sistema capitalista voraz, donde unos pocos acaparan todas las actividades económicas y esa que hoy los ocupa, es el búmeran que se vuelve contra ellos mismos, al provocar que los precios exorbitantes a que han llevado la tierra, les imposibilite a sus hijos adquirir un pedazo de terreno.

La crisis de suministro de alimentos mundial ha venido advirtiéndola nuestro sector agropecuario a los oídos sordos de los gobernantes. Bueno, "llegó el lobo". Solo que previendo su llegada, estadistas de otros países diseñaron políticas agropecuarias tendientes a mitigar sus efectos. Costa Rica atrajo inversiones que lo han convertido en el primer productor mundial de piña, y promociona en el mundo sus granos de café. Collin Street Bakery, la pastelería artesanal más famosa en el mundo, establecida en Corsicana, Texas, desde 1896 y que envía sus productos a más de 90 países, los anuncia así en sus folletos: "Elaborados con doradas y dulces piñas y papayas, de nuestras plantaciones en Costa Rica". Junto al café Cinchona, "de tierra de abundantes bosques tropicales y ríos de agua clara". Mientras esto ocurre, Panamá promueve la aglomeración de personas que han de consumir más de lo que ya se hace crítico para la población actual. Y como apoyo a la actividad cafetalera, desaloja del aeropuerto de Tocumen a los productores que ofrecían nuestro galardonado café a los viajeros.

En áreas sensitivas para la producción de alimentos en EU, hay regulaciones que no permiten que los predios dedicados a las labores agropecuarias desarrollen establecimientos industriales o residenciales. Aquí en el "clima propicio para las inversiones", promotores nacionales y extranjeros adquieren en Boquete hermosas fincas productoras de café y de frutas y legumbres, como no las hay en otras partes del país, para "tumbarlas" y saturarlas de techos, pisos y paredes. Otra vez, dos mundos distintos, ahora separados por 40 grados de latitud. Parece que sí hay algo igual que separa en ambos casos a los rectores de la cosa pública: la inteligencia y el sentido común.

El desarrollo urbanístico es vital y, para hacerse ordenado, se necesitan normas definidas y respetuosas del ambiente que den como resultado un entorno no solo funcional, sino armónico y agradable. Vida, para vivirla, solo hay una. Esto debe haber mejores posibilidades de obtenerlo de profesionales en la materia con una sólida formación académica. Pero no deja de ser difícil, con las normas existentes, confusas y de peor aplicación y el gusanillo del dinero, lograr que la amplitud y la belleza urbanística no sucumban ante el apetito de los constructores. La capacidad y la ética son virtudes necesarias para crear un conjunto urbanístico hermoso sin detrimento de su rentabilidad, o para insertarse en un entorno previamente desarrollado sin llegar a alterar su fisonomía y su densidad.

La consulta ciudadana, de reciente creación, se hace eco del concepto de armónica convivencia, donde "el bien colectivo priva sobre los intereses particulares", y nació de la necesidad de los ciudadanos de defenderse contra los que llegan a sus predios a destruir un estilo de vida, con un criterio mercantilista. No debiera ocurrir que familias, cuyo único pecado ha sido querer vivir conservando sus espacios verdes y agregando a la naturaleza que las rodea, tengan que andar desesperadas, de oficina en oficina, lanzarse a las calles y amarrarse a los árboles, para preservar entornos que debieran ser el orgullo de las autoridades.

El autor es ingeniero agrónomo
© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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