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Panamá, miércoles 23 de abril de 2008
 

EL CAMBIO REAL DE PANAMÁ.

Cuadros de costumbres

María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es

Mucho me habían hablado de lo cambiada que estaba Panamá, y cuando he vuelto de visita, dos años después de mi regreso a España, temía sentirme extranjera en el país donde pasé la mayor parte de mi vida adulta. Nada más lejos de la realidad: la ausencia no ha sido tan larga, y la transformación no es en esencia sino cosmética. Por definirlo de alguna manera, Panamá se ha estirado hacia el cielo en algunas zonas, pero no ha cambiado en el fondo. Vista la ciudad desde la calzada de Amador, por ejemplo, es aún evidente el contraste entre los dos extremos de la bahía: Punta Pacífica y sus aledaños de un lado, donde muchos ubican el supuesto progreso, y el Casco Antiguo por otro, sede de la tradición. Espectacular, como siempre, el panorama en conjunto.

Lo del supuesto progreso no tiene tintes irónicos. La inversión extranjera genera empleo e ingresos por ventas, servicios, etc., etc., y favorece las cifras oficiales de la economía panameña: el crecimiento anual del país, el PIB o la renta per cápita, datos jugosos estadísticamente hablando, pero ajenos al presupuesto doméstico de cada día. Y ese es el detalle.

Me había hecho tantas expectativas sobre el cambio, que imaginaba que las bendiciones del auge inmobiliario y de la construcción (incluidos los impuestos que ingresen a las arcas del Estado como producto de estas actividades), habían revertido en la ciudad entera, por no decir en el país. Y es más, dado que nuestro crecimiento en cifras es tan impresionante, esperaba que el progreso acariciara los lares de la mayoría, que a la postre es lo que cuenta. Pero no. Es obvio que el índice de desempleo ha descendido y que el dinero se mueve en grandes cantidades, sin embargo, los sueldos apenas cubren la vertiginosa carestía de la vida, y merma por tanto cada vez más el poder adquisitivo del panameño común, que vive en un país para ricos con salario de pobre. No sé cómo se logra, pero se logra de nuevo: la riqueza y el bienestar queda, milloncejo más, milloncejo menos, en manos de unos cuantos. Vista la ciudad a lo lejos, tan solo se aprecia su deslumbrante belleza y no sus miserias.

Y es que, a pesar de las construcciones que se alzan aquí y allí, unas más afortunadas que otras, Panamá sigue igual, entrañable e irritable al tiempo. Conmueven las filas de trabajadores y estudiantes, resignación en la mirada y cansancio a la espalda, que esperan buses decrépitos, pero irritan la inconcebible falta de infraestructuras viales que se ha olvidado planificar a la par que se construye –olvido sospechoso de prisas especulativas–, y el caos originado por conductores que atraviesan la doble línea amarilla o giran en U en una calle de dos sentidos.

Las costumbres no cambian. Irritan los socavones en las carreteras; el calor intenso y húmedo del mediodía, el ruido innecesario, el vandalismo de jóvenes de cara cubierta, los buseros que dan positivo en el examen de drogas y los casos de corrupción impunes. Es placentero vivir el mundo de lujo y moda del mall donde no faltan las firmas más célebres, y deprimente pasar por los "multis" deteriorados y renegridos de Tumba Muerto, bien cerquita, en Santa María. Resulta ser que ahí vive gente. Sobresalta que el conductor de un camión atienda su avería en plena autopista sin señales ni chaleco fluorescentes, pero uno se repone del susto con la carimañola, la hojaldra y el bistec encebollado de un desayuno típico camino de la playa, que sigue ahí, aliada con el mar y el cielo para ofrecer a diario el espectáculo gratuito de una puesta de sol.

Por momentos pareciera que el tiempo se detiene. En las propagandas electorales, los mismos nombres, las mismas siglas y los mismos nombres con otras siglas. Aunque no se ha detenido. Todos, ellos y ellas también, estamos más viejos, como envejecen las propuestas y los discursos. Y en los medios, junto a las noticias de última hora, las de siempre: cierre de calles de moradores que no tienen luz; derrame de agua potable en tubería rota, huelga de docentes o escuelas en mal estado.

Es aún pronto para evaluar el impacto de este auge inmobiliario. No sabemos si con el tiempo beneficiará a todos los panameños, no seamos aguafiestas, o será un paréntesis en la historia de este siglo. El cambio real de Panamá no es de ahora; se viene dando paso a paso desde su nacimiento, de la mano del panameño que espera en la parada, del profesional, del docente, del político, del empresario, del funcionario o del empleado, que en lucha contra las cosas que nos irritan, son los que construyen las bases sólidas en las que se asienta el país. Si la burbuja estalla, será lo que nos quede.

La autora es filóloga
© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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