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Panamá, viernes 11 de abril de 2008
 

REGLAS Y REQUISITOS.

Globalización: ajustes al pecado

Eduardo Porter

¿Acaso hay un precio a pagar por la actualización de un eterno código moral? Resulta difícil erigir reglas que duren para siempre. La reciente sugerencia de un obispo de la oficina del pecado y penitencia del Vaticano en cuanto a que la globalización y la modernidad dieron origen a pecados diferentes a los que se remontan a tiempos medievales, para muchos, fue algo similar a un reconocimiento de que el mundo, efectivamente, está cambiando.

Las normas cifradas varios cientos de años atrás para guiar la conducta humana en una pequeña sociedad agrícola no podrían representar a la globalizada economía informática de tipo post–industrial. Si bien es discutible, nuevas conductas pecaminosas que menciona monseñor Gianfranco Girotti, regente de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano, son de mayor relevancia para muchos católicos contemporáneos que la contracepción, como la contaminación del ambiente, el narcotráfico, participar en manipulaciones genéticas o provocar desigualdades sociales.

"Si el pecado de ayer tenía una dimensión más bien individualista, hoy día tiene un valor y resonancia que es, por sobre todo, social, debido al gran fenómeno de la globalización", declaró Girotti al diario L’Osservatore Romano.

El pecado, sin embargo, no soporta bien las manipulaciones. Muchos pensadores católicos reaccionaron vigorosamente en contra de la idea de que hacían falta nuevos pecados para complementar o suplir el canon clásico. Acusaron a la prensa de exagerar las palabras de Girotti. Su reacción puso de relieve el grado de dificultad que la iglesia enfrenta para manejar un código moral fundamentado en verdades eternas en una época de cambio vertiginoso.

Desde hace ya largo tiempo, el Vaticano ha estado desgarrado por su tensión entre el dogma y el mundo exterior. Sin embargo, eso podría aplicarse a cualquier religión: resulta más difícil un reajuste de las normas cuando se supone que la verdad es inamovible para siempre.

Los beneficios fundamentales de las religiones, a diferencia de otras instituciones mundanas, a menudo se relacionan con la vida después de la muerte. No obstante, algunos científicos sociales argumentan que muchos de los beneficios de la membresía en la iglesia serán recibidos de este lado de la muerte. Lo que se gana no difiere mucho de las ventajas de un club de personas con mentalidad similar. Las religiones proporcionan reglas por las cuales vivir, solaz en tiempos de problemas y un sentido de comunidad. Algunos estudios económicos sugieren que lo anterior puede fomentar mayores niveles de educación e ingresos, así como mayores índices de matrimonio y menos divorcios.

Un club o asociación de este tipo necesita reglas firmes y creíbles. Al igual que el matrimonio, la membresía será más valiosa mientras mayor sea el compromiso que tengan otros participantes con la causa común. Normas exigentes –digamos, celibato o evitar la carne durante la Cuaresma– contribuyen a incrementar el sentido de compromiso.

Gary Becker, economista y ganador del Premio Nobel, comenta que las reglas estrictas eliminan a los gorrones que desean gozar de los beneficios de la membresía pero están reacios a invertir el celo necesario en la empresa. Las reglas proporcionan puntos de compromiso –como planes de 10 puntos para dejar de beber. Asimismo, forman vínculos más estrechos mediante una sustitución de tabúes –como el consumo de bebidas alcohólicas y el baile– por actividades aceptables, como rezar los domingos o ir al catecismo.

Larry Iannaccone, economista por la Universidad George Mason que ha estudiado diversas religiones, nota que algunas de las más exitosas, como los Testigos de Jehová o los Cristianos Pentecostales, que tienen congregaciones muy fervorosas, presentan estrictos requisitos. Las religiones que relajan las reglas lo hacen a su propio riesgo.

"Las religiones están en la inusual situación en que rinde beneficios efectuar exigencias gratuitamente altas", comentó Iannaccone. "Cuando debilitan las exigencias que les hicieron a sus integrantes, socavan su credibilidad".

El Vaticano se muestra atento en particular a estos rigores. El catolicismo ha perdido impulso en muchas partes del mundo. Tan solo el 24% de los adultos estadounidenses se identifica con la Iglesia (católica), aunque más de 31% dijo que había recibido educación católica. En Italia, solamente una de cada cuatro personas encuestadas en un sondeo de opinión, efectuado en 2002, respondió que la religión le era de suma importancia.

Muchos tradicionalistas atribuyen el descenso de la iglesia al debilitamiento de sus rigores. Creen que fue dañada por el Concilio Vaticano II de los años 60 del siglo pasado, el cual buscó un acercamiento de la iglesia con la gente en mayor medida, proclamó la libertad de culto, acogió de buena gana a otras religiones cristianas y reconoció la verdad en otras religiones.

Así que quizás no cause sorpresa que la iglesia haya estado empujando en la otra dirección. El papa Benedicto XVI ya revivió ritos que habían sido abandonados tras el Concilio Vaticano II, reafirmando el viejo control de la iglesia sobre la verdad. En este contexto, una actualización de pecados, de forma que se pudiera eliminar el énfasis en las faltas individuales y, más bien, se desviara el enfoque sobre crímenes sociales que mostraran una responsabilidad colectiva, podría ser engañosamente difícil. Los nuevos pecados podrían ser un modelo más apto para el mundo moderno, pero corren el riesgo de ganarse la enemistad de la membresía.

The New York Times News Service

© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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