RIESGO PROFESIONAL.
Fuera del recuadro
Carlos Camarena Medina
opinion@prensa.com
La muerte en forma violenta del reportero gráfico del diario El Siglo, Eliécer Santamaría, plantea un debate sobre hasta dónde podemos llegar a la hora de cubrir un evento noticioso y si amerita exponernos a algún riesgo para registrar un hecho noticioso. Es lamentable que un colega pierda la vida de esta manera, pasando de ser quien busca una noticia, a ser parte central de la información.
Durante los últimos años, las noticias policivas han marcado el ritmo de los noticieros televisivos y colmado las portadas y grandes espacios noticiosos de los periódicos tabloides; y es tal la "competencia" por la sintonía o la circulación que basta pasar por la sala de urgencias del Hospital Santo Tomás para ver a fotógrafos y camarógrafos haciendo guardia, velando al muertito o al herido del día, para explotarlo noticiosamente.
En la televisión, los reporteros y camarógrafos de crónica roja parecieran estrellas de rock, con motocicletas, cámaras ligeras, siempre dispuestos a llevarse la primicia. Las notas de sucesos, están más cerca del enfoque farandulero que de un hecho violento, con un trasfondo social bien fuerte.
Si antes había reporteros nocturnos, ahora los hay noctámbulos que, cual hienas, están al acecho de un incidente o de una llamada que les avise dónde se dio el más reciente tiroteo, incendio o accidente de tránsito, entre más espectacular, mejores.
No hay duda de que el incremento de la delincuencia se ha convertido en un filón informativo que nos impacta diariamente y cuyo excesivo sobre despliegue de alguna manera tiende a insensibilizar a la población. Un despliegue que en los noticieros de fin de semana se enfatiza más.
La mesa está servida, las cartas están echadas y todos de algunas maneras, muchos sin quererlo, participamos en este juego: los políticos oportunistas, los comentaristas sabelotodo, los protagonistas de la voraz competencia que hay en los medios de comuni- cación, y los ciudadanos de a pie, indefensos ante tal bombardeo.
Pero, ¿quiénes son los protagonistas principales de este cuadro?, los delincuentes, la policía, las víctimas de los delincuentes y los reporteros; mientras los medios son el gran escenario donde día a día pasan las funciones.
Siempre me he preguntado si los colegas que cubren estos hechos –algunos de forma directa, como el caso de los operativos contra la delincuencia– están conscientes del peligro al que se exponen.
¿Amerita el salario que ganan tomar esos riesgos? ¿La empresa para la cual laboran los cubre con una póliza de vida? ¿Qué garantías les dan las autoridades cuando les avisan de algún operativo donde puede haber fuego cruzado? ¿Están conscientes del peligro que corren cuando cubren un operativo nocturno, donde la oscuridad es el mejor aliado de la delincuencia y la violencia? ¿A quién se debe responsabilizar si resulta ser la víctima de un fuego cruzado, si es agredido o asaltado en un área peligrosa?
Son preguntas certeras que si hacemos una revisión de las diferentes declaraciones y puntos de vista al respecto, tienen una o muchas respuestas, según quién la conteste y el interés que le mueva al que da la respuesta.
Personalmente, no creo que las noticias policivas ameriten llevarse una primera plana ni abrir los noticieros televisivos todos los días, ni mucho menos exponer la integridad física por cubrirlas. En eso, prefiero estar fuera del recuadro.
El autor es periodista
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