CARTAS DESDE eUROPA.
¿Se funde el Polo Sur?
Camilo José Cela Conde
Con motivo del viaje que hice hace poco hasta los mares de hielo que rodean la Antártida, no han sido pocos los amigos que, a la vuelta, me han preguntado acerca de la manera como se percibe en aquellas latitudes remotas el cambio climático. Que le pregunten a uno por las ballenas, los pingüinos, las focas o el krill entra en lo razonable. Que se interese cualquiera por el frío que se pasa allí, o el tamaño de las olas con las que te sorprende el Cabo de Hornos, es fácil de entender. Pero, ¿las alteraciones a largo plazo del clima terrestre? ¿Desde cuándo es eso material de preocupación ciudadana?
Desde hace años, por supuesto, pero con un incremento un tanto reciente de los temores. Ya sea porque el señor Al Gore ha conseguido concienciar a la ciudadanía, amén de ganar sus buenos dineros en el empeño; ya venga de que tenemos el clima enrabietado y las estaciones giradas del revés, como mangas por hombro, o se deba a que los medios de comunicación influyen mucho en los ánimos del lector–oyente–espectador, el calentamiento global se nos ha vuelto un problema en los que cabe pensar incluso de viaje por el casquete polar antártico, por aquellas barreras gigantescas de hielo de las que, según se ha sabido hace poco, acaba de desprenderse un témpano tan inmenso como para poder compararlo con la isla de Ibiza en cuanto a tamaño.
Pero el calentamiento global no es un fenómeno nuevo, propio de nuestra generación. Ni por asomo. Comenzó hace cerca de 15 mil o 20 mil años, cuando la última glaciación amainó en sus furias y entramos en el periodo interglaciar en que nos encontramos ahora. Poco podemos hacer al respecto, salvo rezar al dios o diablo en que crea cada uno para que, con nuestras torpezas, no empeoremos la situación. Porque de eso va el problema real: de que, si bien las alternativas climáticas en la sucesión de glaciaciones e interglaciares no pueden percibirse ni de lejos en el espacio de la vida de una persona, las barbaridades derivadas del llamado progreso –desde la tala masiva de árboles a la contaminación atmosférica–, están acelerando los cambios. Tanto como para que haya que prohibir el esquí porque las estaciones carecen de nieve, falte agua para beber en algunas ciudades importantes de España y los jardines terminen convertidos en eriales.
Pero, ¿y la Antártida? ¿Qué se percibe allí? Los científicos tendrán sus medios para calibrar los cambios; por lo que hace a un curioso como yo, solo pude constatar lo que me dijeron: que este año ha sido de mucho frío y muchos hielos. Pero, ¡ay!, no todas las noticias son tan buenas para nosotros, los amantes de las nieves (que me incluyo en ese grupo). A 600 ó 700 millas más al norte, en Tierra de Fuego, los glaciares como el que corona la ciudad de Ushuaia están en retroceso de una forma manifiesta. ¿Haremos algo sensato para que nuestros nietos, al menos, lleguen a contemplarlos?
El autor es ecritor
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