CONVIVENCIA HUMANA.
Una singular expresión de amor por la vida
Ruling Barragán
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Agradar o convencer a todos cuando se opina sobre religión resulta algo imposible. Por ello, es mejor esperar solamente el acuerdo de algunos. Así, pues, las siguientes tesis no aspiran más que la aprobación de unos cuantos lectores.
El fundamento de la religión no es necesariamente el temor a la muerte, contrariamente a lo que afirman diversas escuelas de pensamiento materialista. La religión puede ser entendida como una singular expresión de amor por la vida en todas sus manifestaciones. Tal fue el pensamiento de E. Fromm (1900–1980) –un marxista y psicoanalista de humanismo abierto– luego de estudiar a filósofos "ateos" como Baruch Espinoza (1632–1677), o teólogos "herejes" como Meister Eckhart (1260–1328), al igual que figuras religiosas como Buda y Cristo.
La religión, en una de sus significaciones más profundas, es el intento por realizar y compartir una vida buena, aquí y ahora –no por el temor de castigos o el deseo de recompensas después de la muerte, sino por una experiencia profunda (a menudo denominada "mística") de un bien extraordinario (que muchos llaman "Dios").
La tolerancia ante las ideas religiosas no significa el abandono de la razón. Aunque, en ocasiones, la tolerancia puede degenerar en indiferencia, es menester subrayar la importancia de una tolerancia que sea ilustrada al igual que caritativa. Ilustrada, en el sentido de reflexionar críticamente sobre los enunciados religiosos; de no aceptar ciertas afirmaciones simplemente porque así lo dice tal libro o autoridad asumidas como sagradas. Caritativa, en el sentido del "principio de caridad": interpretar al otro de la manera más objetiva e imparcial, tratando de entender un texto o a una persona de la mejor manera posible, de buena fe, positivamente, según parámetros racionales.
En general, el menospreciar o despreciar públicamente a las religiones en bloc poco ayuda a crear un mundo más tolerante o pacífico. Antes bien, esto enciende los ánimos de fanáticos y fundamentalistas. Lo que más necesitamos es aprender a convivir junto a aquellos que piensan diferente a nosotros en materia religiosa. Así, lo más prudente sería hacer un esfuerzo por entender –y cuando no, simplemente tolerar– a las religiones siempre y cuando sus creencias y prácticas no transgredan principios éticos fundamentales para la convivencia comunitaria y global.
El filósofo norteamericano William James (1842–1910) había observado que los argumentos filosóficos en favor de la existencia de Dios solo convencen a quienes de antemano se inclinan favorablemente a la religión. Escépticos y ateos –en especial, si son muy radicales, como los fanáticos religiosos– no van a ser convencidos por argumentos intelectuales.
De manera similar, las argumentaciones en contra de la existencia de Dios solo suelen convencer a quienes ya se inclinan temperamentalmente hacia el escepticismo y ateísmo De acuerdo a esta observación, ateos y creyentes radicales representan dos perfiles psicológicos contrapuestos e inconciliables por naturaleza. Si esto es así, necias e inútiles son las disputas metafísicas sobre Dios entre estos dos tipos de personas.
Quienes desean discutir acerca de la existencia de Dios deberían aclarar primero lo que quieren decir exactamente por el término "Dios". Muchas discusiones acerca de este tema entran en complicadas e innecesarias confusiones por no definir adecuadamente este concepto.
Hay quienes entienden por Dios, una deidad personal; otros, un principio cósmico transpersonal. Algunos consideran que las posiciones anteriores se contradicen, mientras que otros argumentan en favor de su compatibilidad. Para unos, Dios es más bien un diseñador o arquitecto, quien ordena el universo (que consideran increado); otros, señalan que Dios no solo ordena el cosmos sino que también lo crea (ex–nihilo).
Ciertos filósofos identifican a Dios con la naturaleza; otros, rechazan esta identificación. Muchos conciben a Dios como omnipotente, mientras que otros limitan su poder... En fin, el universo de ideas teológicas es sumamente complejo.
Si usted y su interlocutor comparten la misma idea acerca de Dios, ya pueden entonces abordar el siguiente problema, si existe o no. Buena suerte en esa discusión: más de 2 mil 500 años de disputas metafísicas siguen sin convencer a muchos. La tesis de James es más que sensata.
Pensar que el racionalismo o materialismo científico–tecnológico es la única y verdadera solución a los problemas de nuestra existencia es otra ideología más. Sin negar en modo alguno los grandes beneficios que la ciencia y la tecnología han brindado a la humanidad, la ciencia moderna y sus avances tecnológicos no nos dan mucha luz sobre los valores que sostienen y enaltecen la existencia humana, por ejemplo, la justicia, el bien, o la belleza. Por ello, la necesidad de que la racionalidad –el uso de la razón– no se limite a los confines de la ciencia, sino que tome en cuenta la ética y espiritualidad que aportan las diversas tradiciones religiosas del mundo.
Desde un punto de vista ético–práctico, las religiones son tan buenas o tan malas como las personas que las practican. Mucho más relevante que la religión –entendida como un sistema de creencias y rituales– es la vida moral–espiritual de sus practicantes. De hecho, esto es lo más importante: las formas de vida moral y espiritual que nuestras tradiciones religiosas logran producir. La mera creencia en Dios no lo hace a uno necesariamente bueno personal, así como no creer, malo.
El monje cristiano cree en un Dios personal; el monje budista, no. Sin embargo, ambos pueden realizar una vida buena. A pesar de los errores y fallas que –como seres humanos– les son inevitables, ambos individuos pueden pensar, sentir, y practicar el bien. Esto es lo fundamental.
El autor es licenciado en filosofía
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