CONDICIÓN LABORAL.
Seguridad pro vida
Delia Cárdenas
opinion@prensa.com
Es difícil comprender que el costo de la seguridad se anteponga a la vida. No se pretende defender las posiciones ideológicas extrañas, no compartidas, ni las acciones violentas que no conducen a soluciones esperadas. Se intenta comprender la frustración que la clase trabajadora de la construcción siente, por la intransigencia originada por los actos negligentes, indiferentes o por las actitudes totalmente deshumanizadas frente a sus peticiones que se enmarcan dentro de un adecuado y exigible reglamento de seguridad.
No hay duda de que muchos sindicatos se han originado para contrarrestar el abuso de los malos empleadores. Por eso, cuando estos se convierten en el fundamento de la justicia social y el orden público, corresponde a las autoridades instituidas para garantizar tal fin, defender, proteger y arbitrar los conflictos laborales y, no hacerse los desentendidos. Cuando se descuida un sector a lo interno de un país, se le abre la posibilidad a los oportunistas, locales o internacionales, de tratar de lograr beneficios a cambio de "desinteresados apoyos".
El auge de la construcción debe traer consigo costos adicionales, necesarios y razonables, para garantizar la vida de los trabajadores. El tamaño de las construcciones puede servir de parámetro para fijar exigencias de seguridad, cuya implementación es impostergable. No se trata de pretender condiciones extremas, como contar con una ambulancia al pie de cada proyecto, pero sí de mantener la disponibilidad inmediata.
Los trabajadores deben contar con una póliza colectiva de vida y hospitalización que cubra accidentes, servicios médicos, medicinas, prótesis, equipos ambulatorios y otros, no la delegación en la Caja de Seguro Social, como dispone el reglamento no consensuado con todos los grupos de trabajadores, aprobado y promulgado con celeridad a través de un decreto ejecutivo.
Asimismo, al estudiar el componente de dicha clase trabajadora, observamos a mucha gente joven, que por buenos salarios, ha encontrado una forma decente de ganarse la vida y otros, de poder pagarse los estudios.
Cabe mencionar, al observar a estos hombres y mujeres, al término de la jornada que se inicia antes del amanecer, salir en grupos, con expresión tranquila, nítidos, risueños, dialogando, sin denotar el cansancio de un trabajo arduo, riesgoso y, en opinión de muchos, extraordinario, porque moverse en las alturas requiere habilidad y eficiencia.
Hay que considerar que cuando se tiene una buena calidad de vida, se solucionan muchos problemas, el ánimo no se caldea fácilmente y hay predisposición para dialogar. Ello es así, pero al igual que el resto de los mortales del país, estos trabajadores dedican gran parte de sus horas de descanso, de estudio y de convivencia familiar, en paradas de autobuses, para viajar con incomodidad y riesgo, por otra negligencia del sector público, que debe garantizar un transporte adecuado, oportuno y decente a la población.
Finalmente, sin justificar la violencia, rechazada por la ciudadanía que se siente en riesgo, es necesario considerar que los trabajadores de la construcción son humanos, ciudadanos del país y sus peticiones deben ser atendidas, para impedir que fuerzas extrañas invadan sus mentes, sus cuerpos y sus almas, en perjuicio de nuestra democracia.
La autora es abogada
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