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Panamá, miércoles 2 de abril de 2008
 

OBSTÁCULOS PARA UNA BUENA LABOR.

Por la falta de confianza

María Mercedes de la G. de Corró
opinion@prensa.com

Qué difícil se le hace el trabajo a un funcionario del Estado que trata de desempeñar su cargo con efectividad, profesionalismo y transparencia –porque existen funcionarios comprometidos a trabajar con efectividad, profesionalismo y transparencia– cuando, además de bregar en medio de obstáculos burocráticos, limitaciones presupuestarias y presiones de la opinión pública y grupos de interés, tiene que atender a decenas de representantes de medios de comunicación que lo acechan con preguntas a fin de obtener declaraciones, que no solo les roban minutos preciados, sino que los exponen a ser tergiversados, malinterpretados o sacados de contexto.

Y qué ingrata resulta la labor de un periodista serio y responsable que desea hacer una nota equilibrada –porque los hay que son serios y responsables y están empeñados en escribir notas equilibradas– cuando uno de los protagonistas de su historia se niega una y otra vez a contestar sus llamadas o a conceder entrevistas. Cae la noche; el periodista en cuestión tiene una presión de tiempo; sabe que su deber es ofrecer una visión lo mejor documentada posible, pero la persona clave se rehúsa a hablar. Enfrentado a esta disyuntiva, se acerca al editor/director, quien decide publicar la nota sin la versión de una de las partes. Ocho horas más tarde, esa misma persona que antes se refugió en un silencio casi sepulcral se sorprende ante la lectura de un texto que le parece –y en ocasiones está– desequilibrado.

El dilema recuerda lo que ocurrió en Santo Domingo durante la Cumbre de Río cuando, tras la vulneración de la frontera ecuatoriana, le preguntaron a Álvaro Uribe por qué no había pasado la información de lo que pensaba hacer a su homólogo Rafael Correa. La respuesta evidente es la falta de confianza. Si el Presidente de Colombia hubiese pensado que el mandatario ecuatoriano iba a manejar la información con el debido cuidado, probablemente lo habría llamado y hasta visitado para compartir la información caliente que manejaba en ese momento. Entre los dos, habrían evaluado los posibles planes de acción y encontrado la manera de actuar de forma tal que fueran tomados en consideración los intereses y las necesidades de cada una de las partes. En cambio, como dudaba de la integridad y de las buenas intenciones de la contraparte –de la misma manera en que muchas personas dudan de la integridad y de las buenas intenciones de los políticos, los servidores públicos y los medios– Uribe se tomó la libertad de actuar unilateralmente y a espaldas de su homólogo, exponiendo a su país a una situación potencialmente peligrosa.

Por el lado de los periodistas, confiar no significa renunciar a la obligación y al derecho de cuestionar las actuaciones y el desempeño de los servidores públicos. Por el lado de los políticos y de los servidores públicos, confiar no significa descansar en la esperanza de que las noticias le den precedencia a las actuaciones positivas que contribuyan a afianzar la popularidad. Confiar significa asumir que la otra persona –llámese periodista, político o funcionario– persigue sus objetivos jugando dentro de las mismas reglas del juego impuestas por el sistema del que ambos forman parte. Y que, por consiguiente, merece ser tratada con actitud de colaboración y de respeto. Es fácil hablar de confianza; otra cosa es recuperarla. Muchos han sido los golpes que, de lado y lado, han contribuido a que entre panameños nos miremos con una ceja alzada. No obstante, en el caso particular de los medios de comunicación y los servidores públicos, urge trabajar en ello, porque los valores que se ponen en juego cuando ésta se ausenta son de los más preciados con que cuenta una sociedad democrática: la libertad de expresión y el derecho a la información, por un lado; y la honra individual, por el otro.

La autora es economista y periodista
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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