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Panamá, miércoles 2 de abril de 2008
 

CULTURA.

Buenos motivos para celebrar

Enrique Jaramillo Levi
opinion@prensa.com

Hay buenos motivos para celebrar con entusiasmo el "Día de la Escritora y el Escritor Panameños" el próximo 25 de abril, fecha que coincide con la del natalicio del insigne escritor Rogelio Sinán (1902–1994). Cuando a través de la Universidad Tecnológica de Panamá propuse en 2000, y finalmente logramos al año siguiente, que la entonces Asamblea Legislativa creara la Ley 14 del 7 de febrero de 2001, se dio un paso importante en el reconocimiento profesional y artístico de quienes crean obras literarias que contribuyen a enriquecer el patrimonio cultural de la nación. Ya antes, desde 1995, había venido proponiendo desde las páginas de la revista cultural Maga la creación de ese tributo permanente a nuestros creadores.

Esta ley nace unida a otros dos soportes significativos: la creación de un Consejo Nacional de Escritores formado por un representante de cada una de nueve reconocidas entidades culturales del país, y la Condecoración Rogelio Sinán, que se otorga cada dos años a una escritora o escritor, seleccionado precisamente por el Consejo de entre los postulados por la excelencia en la obra literaria de toda una vida y su aporte cultural a la nación. Sin duda, de estar vivos, escritores tan disímiles como Ricardo Miró, Demetrio Herrera Sevillano, Joaquín Beleño, Ramón H. Jurado, Stella Sierra, César Candanedo, Renato Ozores, Ricardo J. Bermúdez, José de Jesús Martínez, Diana Morán, y el mismísimo Sinán, entre muchos otros, habrían merecido tan honrosa distinción. Su trayectoria, así como la calidad de sus obras lo hubieran aconsejado sobradamente. Hasta el momento, la condecoración le ha sido concedida, con justicia, a Elsie Alvarado de Ricord (2002), Guillermo Sánchez Borbón (2004) y Carlos Francisco Changmarín (2006). Y en 2008 está por otorgarse a uno de los siguientes distinguidos autores postulados por diversas instituciones: Pedro Rivera, Moravia Ochoa López y José Franco, aunque sin duda habría otros candidatos de similar valía que también hubieran podido ser postulados.

La creación literaria no es una simple distracción pasajera o coyuntural de gente ociosa, extravagante o bohemia. Se trata de un trabajo arduo y a menudo ingrato, si bien suele dar gran satisfacción cuando se produce una buena obra. Por otra parte, permite descifrar parcelas muy variadas de la experiencia humana a través de un lenguaje singularmente estructurado, que desde la intuición y la memoria; la imaginación y el conocimiento; la libertad y el oficio, permite al autor talentoso ir entrando significativamente en los avatares del acontecer cotidiano que todos compartimos, en los resquicios poco visitados de una realidad más secreta e íntima, o en remotos sitios celosamente custodiados por los viejos duendes de la fantasía.

Así ha sido siempre en cualquier tiempo y lugar, incluidos los predios de la literatura panameña, tan poco frecuentados todavía por buena parte de los lectores locales que se precian de conocer la literatura universal, aunque a menudo solo aludan en realidad a intrascendentes best sellers que poco o nada tienen que ver con auténticas obras literarias por tratarse más bien de textos prefabricados para determinado mercado editorial. No obstante, un permanente e injusto descreimiento hacia las letras nacionales –franco menosprecio generalizado por obras y autores, a menudo sin haberlos leído siquiera–, nuestras mejores letras han venido forjándose y abriéndose paso como un desafío a la adversidad desde los tiempos de la Colonia, para recién empezar a cristalizar a fines del siglo XIX, tomar forma plena en no pocos textos memorables del siglo XX y llegar hasta la confluencia de varias generaciones de hombres y mujeres que en estos primeros años del siglo XXI coinciden en producir admirables libros de cuentos y poemarios; y, en menor cuantía, novelas sobresalientes.

De hecho, a partir de 1990 comienza a sentirse en Panamá una sorprendente eclosión de creadores literarios –hombres y mujeres de diversas edades y grados de talento– que se dan a conocer con sus primeros libros, y que conviven con quienes desde muchos años antes ya escribíamos con tenacidad y hoy seguimos produciendo a la par de los nuevos. Así, en nuestro país se está dando un gran auge en el campo de las letras, a veces como resultado de talleres y diplomados, pero muchas otras debido al puro talento innato de los autores.

Poemas clásicos panameños de la nacionalidad, como Patria, de Ricardo Miró; Al Cerro Ancón, de Amelia Dennis; Canto a la bandera, de Gaspar Octavio Hernández; Panamá defendida, de José Franco; y Soberana presencia de la patria, de Diana Morán, todavía nos emocionan por su encendido patriotismo, sensibilidad y calidad literaria, pero hay una apreciable cantidad de auténticos libros publicados dentro de esa misma esforzada trayectoria, que pueden perfectamente medir fuerzas con obras importantes de otras latitudes. Si por una serie de razones propias del país, no es fácil ser escritor en Panamá, eso no ha alejado del camino de las letras a nuestras mejores plumas, ni ha mermado el trabajo constante y silencioso de una tenaz creatividad que muchas veces se impone a pesar de todo y produce frutos memorables. Y eso merece respeto.

El autor es escritor y promotor cultural
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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