DESEMPEÑO.
La OEA: baile en la cuerda floja
Alexis Ortiz
Mucha gente se molestó con la decisión de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre la incursión colombiana en Ecuador. Como siempre, tanto Montescos como Capuletos quedaron insatisfechos. Tanto los amigos de la democracia como del neocomunismo, se sienten decepcionados.
Los que querían la palabra condena y los que se conformaban con la de rechazo, se hallan desalentados. Es que no se entiende que la OEA no está en la cuerda floja, sino que baila en ella. Es su condición vital.
La OEA es ambigua, asustadiza e ineficaz en virtud de su propia conformación. Es un cuerpo de cancilleres, de representantes de gobiernos. Y en América los gobiernos se han visto estremecidos por un desafío de pugnacidad, cada vez más engorroso. O sea que no se le puede pedir que plasme la unidad que no existe.
Y este diferendo Colombia–Ecuador (con la insólita intromisión de Venezuela), es más complicado aún de resolver por una corporación como la OEA. Son aquí obvias dos agresiones: la primera en el tiempo es la de Ecuador contra Colombia, cuando el gobierno de Rafael Correa permite que funcione y proteja un campamento permanente de los narcoterroristas de la FARC en su territorio.
La segunda es la de Colombia, cuando alegando razones defensivas contra el terrorismo, traspasa sin permiso la frontera ecuatoriana y ejecuta al narcoguerrillero y pedófilo Raúl Reyes.
La complicidad de las FARC con los gobiernos de Ecuador, Venezuela, naciones teocráticas como Irán, los perros de la guerra y alucinados como ETA, Hamas, Hezbola, Sendero Luminoso, entre otros, quedó totalmente registrada en las computadoras incautadas a los narcoterroristas.
Pero veamos además que la OEA no puede ser sino ambigua en sus resoluciones, porque está integrada por naciones con intereses contrapuestos. Por un lado las naciones del neocomunismo, teledirigidas por Cuba, financiadas por Chávez y obedecidas por Ecuador, Bolivia y Nicaragua. En la acera del frente tenemos a los gobiernos que sin complejos y por exigencias de la ética y de la supervivencia de la democracia, enfrentan el neocomunismo: Colombia, Costa Rica y Perú.
En el medio tenemos a las naciones agobiadas por el chantaje petrolero venezolano: las de Centroamérica, las Antillas y la República Dominicana. De otro lado aparecen los gobiernos que son democráticos, pero no quieren involucrarse, no saben cómo hacerlo, verbigracia los de México, Chile y Uruguay.
En la tierra de nadie hallamos a gobiernos aprovechadores como los de Brasil y Argentina y, en medio de su gran confusión, a Estados Unidos, que no sabe nadar en este remolino de la OEA. Entonces es lógico que en el laberinto de rivalidades, aproximaciones y acercamientos, sin orden ni concierto, la OEA como organismo sea gelatinoso e ineficaz. Se acerca el momento de promover en los sectores de la vanguardia democrática de las Américas, una reflexión y debate sobre el papel de la OEA y, en general, del sistema interamericano.
Por lo pronto sigamos pendientes de la interminable cadena de revelaciones que cada día comprometen más a los neocomunistas, sus aliados y aprovechadores de América, Europa y otras latitudes, con el narcoterrorismo internacional.
Firmas Press. El autor es periodista venezolano
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