DE LO PARTICULAR A LO UNIVERSAL.
Educación del siglo XXI: ética humana
Elda Maúd De León
Si aceptamos que la educación debe partir de enseñar la condición humana, hay cuatro saberes que el pensador francés Edgar Morin,considera necesarios en este siglo, tres de los cuales enfatizan los valores –la ética de convivencia verdaderamente humana–, tales son: enseñar la identidad terrenal, la comprensión, la ética del género humano y enfrentar la incertidumbre.
Aunque la era planetaria se inició con el descubrimiento de América, a finales del XX entramos en la fase de globalización o mundialización. Esta época de telecomunicaciones e internet nos pone en contacto con la complejidad del mundo, en que los problemas vitales se han vuelto planetarios, por lo que los jóvenes requieren aprender a englobar y a la vez contextualizar localmente. La mejor síntesis es que "el planeta no es solo un sistema global, sino un torbellino en movimiento" que exige un pensamiento capaz de "universalismo" alimentado de las culturas del mundo.
Esto es un cambio paradigmático, puesto que no habla de matemáticas, informática o idiomas, sino de un ser humano diferente, fundamentalmente ético.
¿Cómo puede lograrse que la educación globalice sentimientos y cualidades de manera que el objetivo esencial sea eliminar el mundo bipolar de confort en Europa y Estados Unidos y de pobreza en África, Asia y América Latina? La respuesta de Morin es "convivencia" que priorice la comprensión humana intersubjetiva en lugar de la comprensión objetiva de conceptos. La meta educativa cotidiana debe ser lograr el conocimiento de sujeto a sujeto como proceso de empatía e identificación con el "otro", ya que ninguna técnica de comunicación aporta por sí misma comprensión humana.
Durante todo el siglo XX se emuló la competencia y el éxito individual –el egocentrismo–, esa hipertrofia del yo que incapacita para conocerse y motiva a auto justificarse y auto glorificarse, generó el racismo, así como fanatismos y xenofobias, además de dos guerras mundiales.
Es también un componente de la economía política que produce división, antagonismos y muerte y, lo que es peor, muerte ecológica. "La nueva misión espiritual de la educación es la creación de la ciudadanía terrestre".
La educación del siglo XXI debe relevar la introspección, el auto examen permanente de sí mismos, porque al reconocer nuestras debilidades entenderemos las de los otros y desecharemos la actitud de juez e interiorizaremos la tolerancia. "Una ética humana o antropo–ética debe lograr la humanidad como conciencia común y ciudadanía planetaria del género humano".
El régimen político que puede catalizar la antropo–ética es la democracia, porque el individuo es ciudadano, persona jurídica responsable de sus intereses, pero también de los de su comunidad; porque supone y alimenta la diversidad de las ideas, pues "así como hay que proteger la diversidad de las especies para salvar la biósfera, hay que proteger la de las ideas y opiniones...".
La democracia no está generalizada en el planeta y la occidental es frágil, con carencias, lagunas y regresiones, pero "la regeneración democrática se sustenta sobre la regeneración del civismo, de la solidaridad; es decir, el desarrollo de la antropo–ética".
Para Morin "la escuela debe ser un laboratorio de vida democrática –aunque sea limitada– la clase debe ser el lugar de aprendizaje del debate argumentado, de las reglas para la discusión, de la escucha y el respeto de las voces minoritarias y marginadas, de la toma de conciencia de las necesidades y procesos de comprensión del pensamiento de los demás".
Como último e importante saber, en el siglo XXI, los jóvenes necesitan incorporar la máxima de Eurípides "esperar lo inesperado". Ahora más que nunca, el futuro no se puede predecir; la historia humana no se guía por un orden impecable, sino que conoce turbulencias, desviaciones, fases inmóviles, riesgos, evoluciones, regresiones, caos… También el conocimiento es incierto, pero tener plena conciencia de ello es la oportunidad para lograr uno pertinente.
Las reformas programáticas son "más de lo mismo", la paradigmática es creación constante y cambiante que no se infiere de lo viejo, sino que se alimenta de los intereses juveniles, los problemas locales, las tendencias nuevas y el arte, la música y en general de las diversas culturas del mundo.
Sobre todas las recomendaciones de Morin la más orientadora es que "la estrategia debe prevalecer sobre el programa", porque elabora escenarios de acción examinando las certezas y las incertidumbres, las probabilidades, azares y usa secuencias cortas para aceptar modificaciones según las informaciones recogidas en el camino de la acción.
La autora es docente universitaria
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