OLA DELICTIVA.
¡Basta ya! Detengamos el descenso a la criminalidad
1002398Roberto Christian Cerrud Rodríguez
"Esto es Venezuela hace 30 años", me contaba, durante una conversación, un emprendedor venezolano que vino a tierras panameñas huyéndole al caos y al odio generado por el socialismo del siglo XXI de Chávez. "Así comenzamos allá y mira cómo estamos ahora", me dijo, refiriéndose a los crímenes que están comenzando a verse en mi amado Panamá.
Y no se equivoca; paso a paso, como Virgilio y Dante, seguiremos descendiendo al infierno que viven muchos hispanoamericanos, infierno que los obliga a recordar, cada día, su (nuestra) condición de mortales, por causa de los constantes robos, asesinatos y secuestros que ocurren en aquellos países.
Gracias a Dios, en Panamá, el descenso en espiral apenas comienza. No es sino hasta ahora que comenzamos a ver cómo el crimen, cual tóxica enredadera, se va apoderando de nuestras calles, por lo que aún estamos a tiempo de actuar para cortar de raíz esta mala yerba. Sin embargo, vivimos sumidos en la indolencia, pensando que las cosas van a mejorar de manera espontánea, imaginando que lo malo que está comenzando a ocurrir solo involucra a aquellos desdichados que, de una manera u otra, ven el espejismo de bienestar ofrecido por el repugnante narcotráfico y deciden, por su propia voluntad, revolcarse como cerdos en ese cieno. Pero nos equivocamos. Nos equivocamos terriblemente.
Digo esto porque lo único que necesita el mal para prosperar, es que las personas decentes no hagamos nada para detenerlo. Cada día que pase sin que hagamos algo por revertir esta situación, es un día más que pecamos por omisión, haciéndonos cómplices de los degenerados que nos matan, que nos secuestran, que nos roban a todos y a cada uno de los ciudadanos decentes, cada vez que uno de los nuestros, de los buenos, ve amenazada su persona, propiedad o libertad por causa de la delincuencia.
Ya es hora de que dejemos de tolerar a aquellos alcahuetes que, corrompiendo el sagrado nombre de los derechos humanos, pretenden hacer del criminal una víctima, como si existiese excusa alguna que justificase tomar por la fuerza lo que otra persona ha trabajado honestamente para conseguir; que justificase la infamia de privar de su libertad a una persona inocente para exigir rescate, provocando un daño emocional irreparable tanto a la víctima, como a sus familiares; que justificase matar, cobarde y vilmente, a un pobre hombre que salía de su trabajo, como ocurrió la semana pasada en la "provincia perdida" de Colón, o como ocurrió en esa misma provincia, hace ya un mes, con el empresario asesinado por haber cometido el grave delito de estar trabajando dentro de su local.
Es nuestro deber como ciudadanos, exigirle al Gobierno que actúe y utilice el monopolio de la fuerza que le ha sido otorgado, para castigar duramente a los criminales; que estimule a los miembros de la fuerza pública a ser eficientes en la captura de los mismos, ofreciendo bonificaciones económicas a aquellos equipos que capturen mayor cantidad de delincuentes; que los delincuentes paguen sus condenas completas, sin paliativos de ningún tipo; que diseñe planes que les ofrezcan a los jóvenes de barrios marginalesla oportunidad de aprender a progresar en la sociedad de una manera legítima; que proteja los fundamentos mismos de la democracia, es decir, la libertad y la seguridad de la población.
Todo esto tenemos que exigirlo a partir de hoy mismo, si es que queremos poder disfrutar en paz y en libertad los beneficios traídos por el crecimiento económico. De no hacerlo, nos condenaríamos a ser rehenes del crimen, tal como lo son, hoy en día, los pobres venezolanos.
El autor es miembro de la Fundación Libertad
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