MALOS POLÍTICOS.
La moral de los cínicos
Joaquín González J.
La falta de fe, la pérdida de confianza del ciudadano en sus dirigentes políticos cuyo resultado concomitante es la pérdida de autoridad y respeto a la clase política se debe a que las campañas, alianzas y componendas previas a los procesos electorales, han convertido en un simulacro bochornoso aquella moral de la responsabilidad y el deber connatural al político.
Estamos llegando al punto en que los partidos políticos, no conformes con ser inútiles, empiezan a tornarse perniciosos. Se están convirtiendo en instituciones con licencia para socavar la esperanza de los pueblos. Una suerte de consenso se ha establecido, haciendo de la actividad política en nuestras democracias electoreras una mera representación, un espectáculo en donde las cosas que se dicen o se hacen, carecen del respaldo de las convicciones; obedecen a motivos o designios opuestos a los confesados por quienes aspiran a gobernar y al final llegan a hacerlo.
La única aparente justificación que han encontrado los partidos y los políticos, para actuar así, es la certeza de la aceptación conformista a que hemos llegado los panameños, dando por hecho que la política es así y punto; provista de sus propias y exclusivas reglas, su propia moral del cinismo, sus propios discursos "alaracosos", estridentes y ambiguos. Los políticos están convencidos de que las normas, leyes y reglas dispuestas para el funcionamiento moderno y ordenado de una sociedad democrática solo tienen que cumplirlas los ciudadanos comunes y corrientes, que además nos corresponde la inexcusable y sagrada misión de velar porque esa democracia electorera, cual preciado tesoro, no desaparezca.
Un fenómeno adicional se está dando con bastante frecuencia en nuestro país y es que muchos políticos que han sido objeto de denuncias o escándalos de corrupción en el pasado, se reciclan y siguen activos como si nada, pavoneándose al ver aumentada su popularidad con cada nueva triquiñuela que hacen o barrabasada que dicen. Tal parece que nos hemos hecho tolerantes ante la corrupción que exhiben. En no pocas ocasiones las denuncias ciudadanas y los actos de corrupción, producen más bien un efecto anestésico y sedante sobre la mayoría de los panameños "buena gente" que seguimos siendo.
Ese conformismo malsano nos lleva a veces a mirar como bueno al político que roba, pero al menos hace poco. Sin darnos cuenta contribuimos con esta actitud, a brindarle una miserable coartada a los políticos cínicos y nos hacemos cómplices de sus mediocridades, estimulándolos a cometer mayores delitos. El colmo es que los partidos se pelean por tener en sus filas algunos de estos especímenes de la política criolla. Un ejemplo reciente lo tenemos con el caso del tristemente célebre Carlos Afú, quien se dio el lujo de anunciar ante las cámaras de TV que será postulado como candidato a diputado en Los Santos por tres partidos de oposición, incluyendo el del ex presidente Endara que, por lo visto, de moral y de vanguardia tiene muy poco. Además la resignación ovejuna que exhibimos como electores, muchas veces por nuestra falta de cultura política, nos encamina a la "chutra" de cada elección a escoger lo menos malo de lo peor y, cuando no, a utilizar el mal llamado voto de castigo, que en realidad paradójicamente sirve es para premiar a nuevos y reciclados sinvergüenzas, otorgándoles el derecho a pegar la "bemba" en la ubre estatal.
En el marco de este trágico escenario, nuestra delicada y nada fácil tarea como ciudadanos y electores debe consistir, primero en darnos cuenta de esta realidad sin dejarnos embobar por el mismo cuento de siempre. Segundo, reclamar con toda nuestra entereza a los políticos, tanto a los de gobierno como de oposición, en cada ocasión que señalen las acciones concretas y creativas que proponen para resolver los problemas, en lugar de seguir entonando la misma perorata somnífera y electorera con la que se dedican a culpar a un pasado del que ellos también formaron parte. Ya está bueno de seguir paseando muertos para conseguir votos y hacer alardes de bravuconadas teatrales para después quedar arropándose con la misma manta.
Tomemos de ejemplo las tonificantes lecciones de debate político que escenificaron los candidatos presidenciales en España, así como en EU por la nominación del Partido Demócrata. Tan simple como el hecho de que nadie puede aceptar que alguien pueda estar medio encinta, tampoco debemos seguir engañándonos espulgando candidatos al votar por políticos medio corruptos o medio honestos.
Pese a los riesgos que implica para un político dejar de mentir y actuar como lo hizo en su momento Churchill, ofreciendo sangre, sudor y lágrimas a quienes lo habían llamado a gobernar, tenemos la obligación cívica de convencer a las nuevas generaciones de que los beneficios a mediano y a largo plazo para la propia clase política y para la supervivencia de un sistema democrático sólido y participativo, son enormes, si nos decidimos a cambiar de actitud.
Por lo pronto démosle con nuestro accionar ciudadano un alto definitivo tanto al populismo y asistencialismo rampante como a la demagogia basada en bravuconadas y aspavientos de quienes hemos visto comer en diferentes platos con la misma cuchara infinidad de veces. Obliguemos a dignificar el arte de la política. Reemplacemos el voto de castigo por el voto útil, inteligente y sereno. Estoy convencido de que es a nosotros y solo a nosotros los ciudadanos verdaderos y legítimos dueños de este país, a quienes nos corresponde reemplazar en el juego democrático, la moral del cinismo por la moral política decente y correcta que nos merecemos.
El autor es docente, escritor y pintor
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