Los golpes al medio ambiente panameño no cesan, y en esta ocasión ocurre por medio de la devastación de manglares, incluso dentro de un refugio de vida silvestre. Y es que se ha perdido el respeto por la naturaleza.
La irresponsabilidad e inconsciencia, tanto de empresarios como de particulares, están logrando que Panamá ponga en riesgo uno de sus activos más importantes. La enorme diversidad del ecosistema que el destino le regaló al istmo panameño, es un tesoro con el que cuentan muy pocos países del mundo; sin embargo, hay a quienes esto parece no importarles y están dispuestos a arrasar con lo que sea con tal de hacer negocio.
¡Qué falta de visión! En lugar de planificar toda una estrategia de desarrollo inmobiliario y turístico alrededor de nuestros preciados recursos naturales –como, por ejemplo, lo hizo Costa Rica–, la preservación no ha sido prioridad en Panamá. Dañar el ambiente no solo es un delito, es decirles a las próximas generaciones qué poco nos importa con ellas.
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