CAMINOS TORCIDOS.
¡Bendita esperanza!
David Méndez Dutary
No sé como llegué a estar sentado frente a la gran pantalla un día de semana en que se anunciaba el raro fenómeno de un eclipse lunar –momento en que la oscuridad de la noche se hace más intensa- y para completar el escenario, solo faltaba escuchar aullidos de lobos. Mucho menos entiendo cómo escogí para relajarme, la película Sweeny Todd, escalofriante y sangriento largometraje de terror, disfrazado de musical juvenil estilo Mary Poppins.
Al inicio lamenté mi mala selección, sin embargo, debo admitir que en el recorrido de la última hora de proyección, el drama capturó totalmente mi atención. El detalle fue una cantada conversación frente a un ventanal entre los dos principales y trastornados personajes, un barbero que había sido injustamente condenado a prisión por 15 años por un corrupto juez, y una pastelera cuyo negocio había quebrado y estaba situado en una pestilente y popular callejuela de la ciudad de Londres.
La historia transcurría a finales del siglo XIX. La vida para los londinenses de la época era realmente insoportable por la injusticia social, la corrupción de las autoridades, una canasta básica inalcanzable para la mayoría, el ambiente contaminado por la basura y los desechos humanos que se desbordaban por las alcantarillas subterráneas. No era el tema de la película, pero seguramente para la época existían las epidemias de enfermedades como la peste bubónica, la tuberculosis y la sífilis que arrasaban con buena parte de la población.
En medio de la inmundicia, los protagonistas observaban a cada persona que desfilaba por la calle y, en un momento de profunda e insana reflexión, los dos trastornados descubren que la sociedad de la época tiene matices de canibalismo, el hombre devorándose al hombre. Luego continúan en su reflexión y llegan a determinar que nada pueden hacer para cambiar esta realidad y su miserable condición. Concluyen que solo les queda actuar de la misma manera que el resto de la sociedad. Desde ese momento unen sus diabólicos proyectos que terminan en una serie de asesinatos donde el vengativo barbero provee a la pastelera de la materia prima para la fabricación de deliciosos y baratos pasteles de carne. Al final todos terminan siendo víctimas de la putrefacción social, no hay vencedores.
El drama me hizo pensar que las cosas no han cambiado mucho, aún el hombre sigue asociándose para devorar al hombre. La basura también llena nuestros barrios más pobres, la justicia sigue en manos de personas sin escrúpulos, las cárceles siguen llenas de ciudadanos no juzgados, muchos de ellos inocentes. En las calles la violencia derivada del tráfico de drogas, el alcohol, los crímenes pasionales, la pobreza y la desesperanza no puede ser controlada. La sangre llena los titulares de algunos tabloides que viven de este tipo de noticias. El sida aumenta silenciosamente, al igual que el desempleo y los precios de la canasta de alimentación básica, se suman más impuestos a la clase media a pesar de que los ingresos del Estado se incrementan. A esto podemos agregar que cada vez más extranjeros ingresan al país sin control, gracias a políticos que hacen de la migración un lucrativo negocio, muchos son delincuentes que incrementan el delito de las calles. La ambición desmedida no permite ver a gobernantes ni gobernados el camino torcido donde caminamos.
Como los personajes de la película, muchos de nuestros conciudadanos también reflexionarán en qué hacer para impedir que continúe el deterioro de nuestra sociedad. Algunos llegarán a la conclusión de que nada pueden hacer. Otros menos pesimistas pensarán en la necesidad de un cambio que se debe iniciar por nosotros mismos y nuestro entorno familiar. Otros pondrán sus esperanzas en los próximos candidatos a la Presidencia, tal vez con una irónica sonrisa en sus rostros. Dice un dicho muy sabio que para ser feliz hay que tener alguien a quien amar y algo en donde depositar nuestras esperanzas. Para el que cree siempre hay esperanza. No se puede vivir sin ella. A diferencia del barbero y la pastelera, los cristianos sabemos que en el hombre no se puede confiar y que nuestra esperanza es bendita y está puesta en que un día, el cielo se abrirá, y vendrá aquel que se llama fiel y verdadero, estará vestido de un lino blanco, fino y limpio y sobre el muslo llevará escrita la frase "Rey de Reyes y Señor de Señores". También dice el libro de Apocalipsis que gobernará con puño de hierro a las naciones. ¡Bendita esperanza!
El autor es médico pediatra neonatólogo
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