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Panamá, martes 11 de marzo de 2008
 

CARTAS DESDE EUROPA.

Todos ganan, todos pierden

AP
META. Rodríguez Zapatero deberá lograr apoyos parlamentarios para ser investido presidente.996044
Camilo José Cela Conde

En un juego de suma cero como es el de las elecciones a cualquier parlamento democrático, resulta imposible que ganen todos a la vez. Los escaños que suma un partido debe perderlos otro. Pero, por lo que hace a las elecciones generales que acaban de celebrarse en España, la acentuación del bipartidismo permite esa paradoja: ambos grupos en liza, el Partido Socialista (PSOE) y el Partido Popular (PP), culminaron la noche electoral exhibiendo ademanes, discursos y gritos de triunfo.

En cierto modo, podían hacerlo. Tanto socialistas como populares aumentaron el número de sus votos y sus escaños, gracias, claro es, a que las demás opciones –la izquierda relativamente más radical y el nacionalismo en cierto modo más extremo– los perdieron.

Así, cada uno de los dos grandes partidos políticos que llevan repartiéndose el poder en España en lo que va de siglo, pudieron darse por satisfechos. Pero los especialistas en lógica saben que sostener que todos ganan es lo mismo que decir que todos han perdido. La mayor satisfacción de los socialistas que, se haga la lectura que se quiera hacer, han ganado las elecciones en España en términos de votos (nunca obtuvieron tantos) y escaños, obedece a que solo José Luis Rodríguez Zapatero puede aspirar a formar gobierno. Nadie va a discutirle ese privilegio. Pero el haz de esa moneda tiene un envés amargo. Tanto los primeros sondeos a pie de urna, al cerrarse los colegios electorales, como los resultados del escrutinio cuando alcanzaba éste un porcentaje pequeño, cerca del 20%, de las papeletas, daba mayoría absoluta o casi a los socialistas. Luego, con el paso de las horas y como ha venido sucediendo en cada una de las últimas elecciones, la derecha limó diferencias hasta dejarlas en modestas. Eso significa que, aun triunfante, el señor Rodríguez Zapatero deberá lograr apoyos parlamentarios para lograr ser investido como presidente del Gobierno español. Solo cuenta con una mayoría relativa en el Congreso de los Diputados. En la medida, además, de que su aliado más natural, Izquierda Unida (IU), ha perdido escaños, la operación de buscar socios parlamentarios para la legislatura no será ni fácil, ni barata.

La izquierda, entre PSOE e IU, suma 171 escaños; dos más que en 2004, pero insuficientes para lograr la mayoría absoluta —situada en 176. Los nacionalistas catalanes y vascos que, con 10 y 6 escaños respectivamente, son los siguientes grupos en peso parlamentario tras los dos grandes partidos, también son los únicos que pueden garantizar la gobernabilidad de España –una paradoja más– y sacarían a cambio privilegios bien jugosos. Pero con la amenaza, por otra parte, de que todos los partidos que han apoyado a los socialistas en la legislatura anterior han sufrido una pérdida importante de votos. Algunos de ellos, hasta desaparecer del arco parlamentario.

¿Y la derecha? Mariano Rajoy, candidato del Partido Popular, ha obtenido mejores resultados en esta ocasión que hace cuatro años, cuando el atentado terrorista del 11-M introdujo una cuña pasional en las elecciones generales. El PP gana cinco o seis escaños (con el 99% de los votos escrutados, hay un diputado que baila todavía entre populares y nacionalistas catalanes), por cinco que suben los socialistas, con lo que o bien mantiene o recorta en uno la diferencia de la legislatura anterior, dejándola en este último caso en 15 escaños. A juzgar por la estrategia que ha exhibido la derecha a lo largo de estos cuatro últimos años, basada en la confrontación áspera permanente, en el acoso al gobierno socialista con cualquier arma –incluso la de la lucha contra el terrorismo, hasta ahora libre de disputas políticas– y en la descalificación automática de cuanta medida tomase el presidente Rodríguez Zapatero, lo previsible era que se produjese un descalabro electoral del Partido Popular. Tanto más cuanto no presentó ningún programa electoral digno de tal nombre, limitándose a sostener que los socialistas equivalen al demonio. En esas condiciones, lograr más votos y más escaños permite creer en los milagros. Sin embargo, ese triunfo relativo tiene también un lado bien ácido. En primer lugar, solo los muy sectarios pueden negar el hecho de que el PP ha perdido las elecciones. Pero, por añadidura, al lograr una derrota dulce la derecha se ve en la tesitura de mantener la estrategia actual de confrontación permanente, mirada continua hacia atrás, persistencia del equipo de mando y contenido ideológico heredados de Aznar y, en suma, dificultades enormes para ofrecer una imagen y un programa de renovación.

Los españoles, en su conjunto, también pueden apuntarse a esa paradoja de victoria y derrota simultáneas. La victoria se expresa en términos sobre todo de participación: muy grande, superior al 75%, y la misma que cuando el atentado de Madrid en vísperas de las elecciones anteriores sacudió las conciencias haciendo salir a la luz el orgullo y el compromiso de los ciudadanos. Es verdad que también en esta ocasión ETA ha asesinado, pero el impacto del 11–M fue incomparablemente mayor, la gran participación debe entenderse de otra forma: más responsabilidad y quizá más radicalización de las filias y fobias.

Pero también se da una cierta sensación de fracaso. La derrota colectiva de los españoles apunta hacia las altas probabilidades que existen de que, con estos resultados, se repita en el país el lastre de tensiones, riña continua y ausencia completa de unidad. En momentos difíciles, con una recesión económica mundial al acecho, el cáncer del terrorismo aún activo, pendiente de concretar el sentido del Estado autonómico y con una Unión Europea que no termina de salir adelante, España se merecía una opción mejor. O bien la del pluripartidismo de verdad o la del bipartidismo auténtico. La primera fórmula obligaría a todos los partidos al consenso sin dejar la llave de la gobernabilidad en manos de nadie. La segunda, concedería al presidente elegido la fuerza necesaria para llevar adelante su programa sin perder a causa de los pactos buena parte del apoyo de sus votantes. Entre una y otra fórmula, al no decantarse a fondo por ninguna de ellas, la política española deja sin proteger un flanco débil y preocupante.

El autor es escritor
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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