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Panamá, viernes 7 de marzo de 2008
 

CUBA.

La estrategia de Raúl Castro

Jorge Castañeda

La renuncia de Fidel Castro a dos de sus tres cargos, junto con el nombramiento de su hermano menor, Raúl, como sucesor marca el fin de una era... de algún modo. Raúl reemplazó a Fidel como presidente de los consejos de Ministros y del Estado, pero no como primer secretario general del Partido Comunista Y, en una escena digna de los años gloriosos del estalinismo, Raúl recibió el permiso del "parlamento" para consultar con Fidel acerca de todos los temas de importancia.

Mientras Fidel siga dando vueltas alrededor –escribiendo, reuniéndose con dignatarios extranjeros y manifestando su opinión en todo tipo de temas, desde el etanol a la campaña presidencial estadounidense- dos cosas seguirán claras. Raúl apenas será capaz de iniciar las reformas modestas y estrictamente normativas y económicas con las que espera, con cierta ingenuidad, volver a poner comida en las mesas de los cubanos; y si bien el plan de sucesión hace algunos años tiene la ventaja de dar estabilidad y predecibilidad, Raúl no podrá reemplazar la vieja guardia con líderes jóvenes (su sucesor en las Fuerzas Armadas tiene 72 años y el vicepresidente tiene 77). Hacerlo daría a quien sea que escoja una ventaja cuando Raúl, que tiene 76 años, se jubile y él y Fidel no necesariamente estén de acuerdo en quién debería ser el próximo. La estrategia de Raúl es seguir una solución similar a la de Vietnam o China: reformas económicas pro–mercado bajo un régimen comunista, sin avances en temas de democracia o derechos humanos. Para quienes en EU han llegado, con razón, a la conclusión de que el embargo que lleva medio siglo ha sido contraproducente, se trata de una respuesta intermedia atractiva que abre una oportunidad a la moderación: un día las reformas económicas producirán cambios políticos. Para los pragmáticos latinoamericanos, siempre temerosos de la quinta columna cubana, ofrece una manera de lograr la cuadratura del círculo: estimular el cambio en Cuba sin ir demasiado lejos. Y para algunos gobiernos europeos, se trata de un típico remedio no intervencionista que les permite poner el problema en el campo de EU. Sin embargo, los caminos vietnamita o chino son inaceptables en América Latina, que ha avanzado enormemente en cuanto a transformación democrática y respeto por los derechos humanos. Tras décadas de golpes de Estado, dictaduras, tortura y desapariciones, hoy América Latina, que si bien no está del todo libre de estas plagas, ha creado una serie de recursos para precaverlas.

Aceptar una excepción en Cuba sería un retroceso. ¿Qué disuadirá al próximo dictador y asesino centroamericano si se les da un pase libre a los cubanos? Invocar el pragmatismo para justificar la continuación de las violaciones a los derechos humanos, en Cuba, meramente porque las reformas económicas podrían evitar un éxodo masivo a México y Florida es una mala idea.

México parece estar tentado a volver a la complicidad que en el pasado tenía con Cuba. Parece, que en una próxima visita a La Habana, el ministro de Relaciones Exteriores mexicano no se reunirá con los disidentes locales, rompiendo los precedentes que existían desde 1993.

Hay sólidas razones para definir un calendario para el regreso de Cuba a la comunidad de países latinoamericanos en democracia, sin imponer que haya elecciones como condición previa. De hecho, unas elecciones libres y justas y el respeto pleno de los derechos humanos pueden fijarse al final del camino, si es que el camino se define.

Lo que sería inaceptable son los dos extremos: hacer de una transición inmediata a un régimen democrático una condición previa para la normalización de relaciones con EU y reingresar a la comunidad latinoamericana, o eximir a Cuba de la obligación de adherir a principios y prácticas democráticas con el argumento de que, de alguna manera, es un país diferente.

Project Syndicate. El autor es ex ministro de Relaciones Exteriores de México
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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