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Panamá, martes 4 de marzo de 2008
 

TOTALITARISMO.

Negación

Roberto Luciano Sánchez Vallarino

"Denial", en inglés, disculpen la referencia. Es negación el no aceptar la realidad, o la historia, esta última siendo la cronología de realidades sucesivas. "La lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido"... Milán Kundera dixit.

Conectémonos al pasado mundial, para entonces acercarnos a nuestras vivencias nacionales. Evidente negación, es aquella demostrada –o pretendida– por los seguidores de sistemas totalitarios hoy condenados por pavorosas evidencias descubiertas al final de sus días de dominio. Documentadas están las iniquidades cometidas en la Rusia estalinista: los gulags que ordenaron deportación hasta Siberia a trabajos forzados, muerte a naciones enteras como Ucrania; la "solución final" para el genocidio de judíos, gitanos, homosexuales, etc., en los campos de concentración de la Alemania hitleriana; adelantemos hasta el tiempo de Pol Pot en Cambodia y sus "terrenos de asesinato" para ejecutar la "purificación" de la sociedad; o a la América Latina de Norte a Sur, desapariciones o muerte de quienes osasen cuestionar las dictaduras. Cuántas atrocidades más se cometen en todos los continentes para asegurar el dominio de mandamases despóticos, usualmente uniformados, confundiendo nuestra memoria colectiva no por desidia, sino por lo abrumadoras.

Los colaboradores inmediatos de tales regímenes, espoliques a cargo de acciones ejecutorias o de propaganda masiva (diabólico invento del siglo XX para obnubilar a las masas con retórica patriotera) en tantas naciones, incluyendo a la nuestra, con pocas excepciones, negaron saber algo de los horrores desatados. No nos auto–engañemos: una sola persona cuya existencia termina a manos de genízaros sádicos por "órdenes superiores" (más bien "inferiores" por lo infrahumano de sus objetivos) es suficientemente aterradora.

Hasta el día de hoy, les preguntamos a los obsequiosos defensores del militarismo panameño por los más de un centenar de desaparecidos, y todos afirman conocer poco o nada al respecto, en el mejor de los casos; en el peor, miran hacia otro lado, cortan la comunicación o representan teatralmente una ofensa sufrida. Hay que tener la sangre fría y no valorar la vida humana en absoluto, para adoptar tan repudiable actitud.

Por respeto a la dignidad humana, no entraré en el juego de nombres, preferido por quienes de forma consuetudinaria niegan lo acontecido y continúan sus vanos intentos para perpetuar falacias de conquistas sociales o territoriales: ya cuentan para ello con suficientes fabricantes de mitos, incluyendo de afuera, mediante imágenes que es una de sus tácticas favoritas. Es mero ardid desesperado, para lavar manchas indelebles con otro encubrimiento o whitewash –perdonen otra referencia inglesa. Curioso es, cómo los artistas del lente o de la pluma que aprendieron a ver o a describir mejor que el resto de los mortales, captado en sus fotografías o escritos, escogieron estar a ciegas de la tenebrosa verdad.

El amor a la historia de nuestro país, que no pretendo dominar, pero que tampoco puedo borrar, me deja terminar repitiendo con la mente, el alma y el corazón, a André Malraux: "una vida no vale nada, pero nada vale una vida".

El autor es arquitecto, fotógrafo y profesor jubilado
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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