La incursión colombiana al territorio limítrofe ecuatoriano es delicada, pero esta ha obligado a un debate que quizá debió haberse dado hace mucho tiempo en la región. La violación fronteriza es inadmisible, pero las revelaciones de complicidad son macabras y también demandan explicaciones de fondo. A la par de las recriminaciones mutuas (agravadas por la insaciable sed de protagonismo de Chávez) hay una realidad:
La actividad guerrillera, financiada por el narcotráfico, hace rato se le salió de las manos a Colombia y rebasa sus fronteras. En el centro del debate debe estar el enemigo común de los gobiernos democráticos de América: el horror del terrorismo, los estragos del narcotráfico, la devastación del secuestro. Decisiones impulsivas en nada contribuyen a solucionar el problema.
El presidente Uribe debe más que una disculpa diplomática a su vecino; sin embargo, el Ecuador no puede servir de santuario a terroristas. Esperamos del presidente Correa la sensatez del estadista que reclama el imperio del derecho internacional, alejado de la retórica dañina del bravucón venezolano. |