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Panamá, lunes 3 de marzo de 2008
 

FALLOS.

La defensa de la democracia

Gerardo E. Martínez-Solanas

¿Por qué se desploman las democracias ante el embate de ambiciosos populistas, demagogos y autócratas convertidos en dictadores "electos"? La respuesta fácil es culpar las deficiencias, carencias y limitaciones de muchas democracias actuales y calificar su anhelada perfectibilidad como utopía. Peor aún es la respuesta de los círculos que respaldan los experimentos antidemocráticos, cuando dicen que solo la democracia "burguesa" o "imperialista" es la que fomenta la ineficiencia, la corrupción y, en la práctica, no favorece a los pobres. El argumento, pues, es la mano "firme" de un gobernante "duro". Un "máximo líder" que consolide los esfuerzos nacionales mediante la "unidad" política.

Pero en la realidad, solo se desploman las seudo democracias. Es decir, aquellas cuyo mecanismo de gestión es muy incipiente y débil, porque la sociedad civil no se ha desarrollado lo suficiente, no se ha respetado adecuadamente la separación de poderes y no se ha intentado siquiera crear la maquinaria participativa indispensable para desarrollarla y fortalecerla.

Dentro de estas circunstancias, las incipientes fuerzas democráticas de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Rusia, Pakistán o Zimbabwe, entre otros muchos ejemplos desalentadores, no han aprendido a organizarse para luchar por el poder que salve la todavía deficiente gestión política pluralista en sus respectivos países.

No se han preparado para usar coordinadamente métodos suficientemente eficaces para contrarrestar a sus enemigos en un frente común. Como el uso de métodos violentos no cabe en sus principios, enfrentan los ataques arteros con ramos de olivo o, cuando más, con débiles "recursos democráticos" que no impactan el ataque violento del adversario. La evidencia histórica demuestra que una minoría agresiva suele triunfar sobre una mayoría pacífica. Sobre todo cuando esa minoría tiene un propósito firme y concertado de apoderarse del poder y desalojar a la mayoría atomizada por las rivalidades y diferencias que son normales en toda democracia auténtica. Los que así toman el poder están muy conscientes de esta realidad y por eso inmediatamente se empeñan en proclamar y fomentar una artificial y forzosa "unidad nacional" que les permita resistir los intentos de rescatar la democracia y restaurar las libertades y derechos conculcados en el proceso "revolucionario".

No hay duda de que la clase media, que normalmente forma el núcleo de las fuerzas democráticas ha carecido tanto de ideología coherente y definida como de propósitos concretos para consolidar las instituciones de la sociedad civil y coordinar con ellas una defensa eficaz de la democracia. El resultado ha sido en todos los casos abandonar la causa en manos de un líder iluminado con la esperanza de que resuelva a juicio propio los problemas de todos. Craso error que, en el mejor de los casos, desemboca en líderes mesiánicos o en dictaduras "constitucionalistas", pero siempre en la desestabilización de la sociedad, la represión de los derechos y libertades, el conflicto permanente o la guerra.

No es correcto predicar la violencia ni pretender que su aplicación puede abrir las puertas de la paz, indispensable para la cristalización y el desarrollo de un proceso democrático genuino. Pero cuando es el adversario quien impone la violencia y no deja margen alguno para el diálogo, la negociación y la transacción, no cabe otra alternativa que la defensa propia. La democracia hay que conquistarla, no se obtiene de la dádiva de un dictador ni de la buena voluntad de una élite apoltronada en el poder.

Firmas Press. El autor es economista y politólogo
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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