ATENCIÓN DE SALUD.
‘El Niágara en bicicleta’
Alfredo U. Acuña H.
Al escuchar, por primera vez, el merengue El Niágara en bicicleta, del famoso cantautor dominicano Juan Luis Guerra, nunca imaginé que me ayudaría a pergeñar estas líneas. Pienso que Guerra, al escribir este merengue, estaba pensando en la región de América Latina y el Caribe, que lógicamente incluye a nuestro Panamá.
Las instalaciones del más que deprimente "cuarto de urgencias" del Complejo Hospitalario Dr. Arnulfo Arias Madrid (CHDAM), me recuerdan la parte inferior derecha de la famosa pintura de Miguel Ángel, El Juicio Universal, que representa a los condenados al infierno.
El panameño golpeado de fiebre, escalofrío y dolor en todo el cuerpo, acude –cuando puede – a una clínica privada de las que no dejan de existir en nuestras barriadas. Allí el facultativo más rápido que ligero (se le aproxima el fin de turno) y mientras también habla por los inseparables celulares, ya es una costumbre imperecedera, le recomienda diclofenac inyectable así como comprimidos de antibióticos y la consabida acetaminofén. El afectado paga y se va.
Los malestares continúan, y el desgraciado panameño decide ir a un hospital de nivel dos, de la CSS, ya que es asegurado. La espera es de unas cuantas horas y la médica o médico que lo atiende, previo examen de sangre, le diagnostica dengue clásico y le receta la consabida acetaminofén. El pobre paciente continúa con los malestares y decide volver nuevamente al denominado hospital de nivel dos. Aquí deciden enviarlo al de nivel tres.
Comienza su vía crucis, ya que lo remiten a "urgencia" del CHDAM. Aquí es válida la letra del merengue de Guerra, particularmente aquella que dice: "Me llevaron a un hospital de gente (supuestamente)… en la emergencia, el recepcionista escuchaba la lotería…". En el caso panameño puede tratarse de una recepcionista que al llegar manifiesta prontamente: "No se atiende a nadie porque hay cambio de turno". No escucha la lotería, como el dominicano, sino que comienza a maquillarse su cara de luna y pintarse la "bemba". Si se trata de un hombre recepcionista, no es de extrañar verlo saborear una grasosa carimañola o empanada. Cumpliendo las disposiciones que dicta la indolencia burocrática, al desgraciado asegurado no le queda más que esperar. En su momento, da sus datos generales, presenta la documentación que le entregaron en el hospital de nivel dos y escucha la deshumana voz: "siéntese y espere que lo llamen". Lleva en el servicio denominado de "urgencia" unas cuatro horas y su situación es peor y no ha recibido ningún tipo de atención. Los pobres pacientes se hacen acompañar de familiares y amigos que mitigan, en algo, sus padecimientos.
En la primera llamada lo atiende un joven médico que le resulta incómodo el caso, lo pasa a una joven médica que abunda en preguntas ya hechas, con el agravante que el paciente no la vuelve a ver. Había terminado su turno. Regresa el infeliz asegurado a la sala de espera y de malas se sienta en una silla para que lo vuelvan a llamar. Lo hacen en horas de la madrugada, habiendo llegado al anochecer, y le manifiestan: "Tenemos que esperar al especialista". Éste llega varias horas después y sin muchas explicaciones termina enviándolo al final de los famosos pasillos donde se alinean las camillas. Pero no hay camilla disponible para el pobre asegurado, por lo que sentado completa las 24 horas antes de subirse a la tan esperada camilla. Esta tiene una gran novedad: es nueva.
De aquí el pobre espera que lo suban a una sala. Prospera el tráfico de influencia. A los médicos se les escucha repetir, hasta el cansancio, que el problema es el sistema, olvidándose que ellos forman parte del mismo. Y en concreto: ¿Qué hacen para mejorarlo? ¡Se acaban de retirar de la mesa del diálogo para una nueva protesta! A un galeno le escuché la siguiente filigrana: "Al llegar a este servicio los más antiguos me manifestaron que el sistema no se puede cambiar, sino que hay que ajustarse al mismo". Además, manifestó que "hacía unos días llegó un honorable diputado con un "faracho" y se apresuraron a atenderlo. Igual lo harían si se presentara, por ejemplo, la distinguida periodista Lucy Molinar. Testigos de estas "importantísimas" declaraciones son mi esposa y nuera. La desgracia del panameño de a pie es que no es honorable diputado ni periodista famoso.
¡Ah!... si no no ha escuchado, ni leído, ni visto el video del merengue, El Niágara en bicicleta, le recomiendo que lo haga.
El autor es ingeniero agrónomo jubilado
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