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Panamá, domingo 2 de marzo de 2008
 

INFANCIA.

Abusos

Emilio García Méndez

No soy ni pretendo convertirme en especialista de ninguno de los múltiples y variados aspectos que rodean el complejo y desgarrador problema del abuso sexual infantil. Lo mismo vale para todo el resto de delitos sexuales, exacerbados y potenciados por el desarrollo de nuevas tecnologías informáticas y comunicacionales. Me ocupo, eso sí, desde hace muchos años, de temas vinculados con los derechos de la infancia. Por ello mismo, no ignoro que la entidad e importancia de la mayor parte de los problemas sociales que preocupan a la sociedad contemporánea, lejos están de depender exclusivamente de la pura fenomenología de los hechos. La realidad no es un mero dato ontológico, es una construcción social selectiva que depende en muy buena medida de factores no siempre obvios o evidentes. Para confirmar este hallazgo no son suficientes, ni el compromiso, ni la buena voluntad, ni mucho menos el sentido común.

El maltrato infantil, por ejemplo, presente en todas las sociedades y en todos los tiempos, solo comenzó a ser entendido como problema social público con entidad propia a partir de la década del 30 del siglo XX. Su comprensión desde esta perspectiva, resultaría imposible sin la reconstrucción histórica crítica, de los movimientos de los médicos traumatólogos que en Estados Unidos de esa época encontraron en este problema, paradójicamente tan grave cuanto inexistente hasta ese momento, una forma eficiente de escalar posiciones e importancia relativa en el seno de la corporación médica. La reconstrucción histórica de este proceso se encuentra, afortunadamente, seria y debidamente documentada.

Una sutil relación dialéctica, entre los hechos y otros factores imponderables, construye y explica muchas veces las profundas transformaciones operadas en la sensibilidad de una época. En este como en otros ámbitos que rodean a los derechos de la infancia, el análisis histórico resulta tan imprescindible cuanto insuficiente. La gravedad de ciertos problemas sociales exige operar muchas veces exactamente en las antipodas de los "compromisos militantes" que parece exigir el sentido común como condición insalvable de la eficacia de las acciones. Entre la ausencia de reflexión y las diversas formas del fundamentalismo la relación es casi siempre tan proporcional cuanto directa.

Pero la reflexión que incluye el enfoque histórico y comparado de estos problemas, exige además una aproximación crítica a los mismos. La crítica, exige aquí, a su vez, trascender una de las formas más peligrosas del sentido común. Esto es, aceptar que las cosas son siempre e invariablemente tal como aparecen frente a nuestros ojos. Las cosas no son siempre como aparecen frente a nuestros ojos. Un objeto debajo del agua solo está deformado o quebrado para quien desconoce los principios más elementales de la óptica. A veces operaciones mentales que exigen serenidad y reflexión permiten percibir aspectos tan ocultos cuanto determinantes de problemas sociales cuya gravedad esta fuera de discusión.

El campo de la infancia no es un jardín de rosas exento de conflictos y profundos debates que, infelizmente, solo pocas veces emergen a la superficie. Las diversas posiciones en torno al drama del trabajo infantil es solo uno de sus múltiples ejemplos. Abordar con seriedad el tema del abuso sexual infantil, exige compromiso y reflexión en dosis compartidas. Las vidas desgarradas dos veces, por el abuso y por la impunidad que asegura la indiferencia de las instituciones, merecen el mismo cuidado y dedicación que las vidas desgarradas por las falsas denuncias de aquellos inescrupulosos que muchas veces convierten el tema en una estrategia procesal para dirimir ante la justicia dramáticos conflictos familiares. Profesionalidad y cabeza fría para encarar estos temas no deberían jamás excluirse.

Tal vez no sea tan descabellado traer aquí a colación las palabras de Hannah Arendt, pensadas para guiar nuestra actitud frente a dramas tan o más cruciales como los que aquí se discuten, "Comprender, no para perdonar, pero sí para reconciliarnos con un mundo en que estas cosas son posibles".

El autor es abogado y es catedrático de la Universidad de Buenos Aires
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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