ECONOMÍA.
Panamá, un país en crecimiento que no supera las inequidades
Carlos Eduardo Galán Ponce
No creo que los recientes actos de violencia deban merecer nuestro aplauso, pero no es menos cierto que a esas explosiones hay que buscarle sus raíces.
Es una lamentable realidad que aquí, si tú no cierras una calle, nadie te hace caso y de eso tienes como buen ejemplo reciente, los nefastos cambios a la ley de la Caja de Seguro Social (CSS) que nos hubiesen impuesto, legislando en las madrugadas, si el Frente Nacional de Defensa de los Derechos Económicos y Sociales (Frenadeso), no se hubiese lanzado a la calle.
La última reforma tributaria, cuyo contexto es exactamente lo contrario a lo que aplican los países regidos por hombres serios en situaciones económicas similares, nos fue impuesta solo porque la clase media profesional, que era la más afectada en esa reforma, no tuvo el coraje de lanzarse a las calles a defender los ingresos de su trabajo.
La mayoría de nuestra población no sabe lo que es el producto interno bruto (PIB), en parte porque ningún "sabio" ha salido a explicárselo, pero cuando cualquiera de esa mayoría escucha que Panamá "crece" a un ritmo de más del 10% anual y que es el país de América Latina que más "crece", su primera reacción es preguntarse ¿qué significa ese "crecer"? ¿Quiénes crecen? Porque él no es.
Al ciudadano lo único que le aumentan son los precios de los artículos que necesita adquirir a diario. Es que la política de importar gente de grandes recursos económicos a hacer negocios aquí, produce un aumento en los precios de toda la gama de productos, llevándolos a la altura de la capacidad económica de esos que llegan y de los pocos que participan con ellos, pero que tienen que pagarlos todos los que dependen de los niveles de ingresos locales.
Esa es la realidad a la que han llevado al país las actuales políticas económicas. Esta es la verdadera inflación que se inicia con el aumento descomunal del precio de la tierra.
El peligro de llegar a una situación política anárquica crece en nuestro país a la misma velocidad que aumenta el acaparamiento de unos pocos de las actividades económicas. La tranquilidad social existía cuando cada individuo se dedicaba a su profesión o a la actividad donde mejor se desempeñaba. Los médicos curaban, los ingenieros y arquitectos construían, los abogados litigaban, los agrónomos al campo, etc..., pero hoy el culto enfermizo por el dinero ha llevado a las distintas disciplinas a inmiscuirse en cuanta actividad lucrativa aparezca.
Este comportamiento de la economía es el que provee de argumentos a los que nos acechan con planes de procurar un cambio político radical en el país y la mejor forma de mantener una paz social y de defender cada uno su honrado patrimonio es no querer abarcarlo todo.
Cuando un rudo hombre de nuestro interior llega a su humilde vivienda, en la tranquila soledad que sigue a una agotadora jornada de trabajo, su innata inteligencia lo hace pensar si es que él vive en otro país.
Cuando enciende su pequeño televisor blanco y negro, primero le toca ver y escuchar las promocionadas cifras del "desarrollo" del país, que hacen que la Europa entera se nos quede pequeña, pero lo que sigue a continuación es gente en todo el país reclamando por las calles deterioradas, los hospitales sin medicinas, las escuelas sin maestros y en mal estado, los caminos rurales intransitables, las barriadas humildes sin agua, puentes colapsando por falta de mantenimiento, la basura "comiéndose" las ciudades y las aguas pestilentes corriendo por las calles.
Y de la tristeza pasa él al terror cuando muestran los asesinatos con saña, ejecuciones sumarias y por último, los campos infantiles vacíos, sin niños que los frecuenten porque corren el riesgo de morir abaleados por otros menores de edad asesinos.
Ante tanta desgracia que no las vivió él cuando niño, sale a respirar el aire puro que aún le queda en su campo, mientras no llegue una explotación minera a contaminarlo. No puede evitar mover su cabeza con pesimismo e impotencia al ver que en donde antes corrían las cristalinas aguas del caudaloso río que le daba vida a la región y los ayudaba a todos a obtener su sustento, ahora solo queda un hilillo de aguas turbias que serpentea casi imperceptible entre las rocas, que semeja las sobras que le han dejado la codicia de un grupo de empresarios insaciables y la falta de patriotismo de los gobernantes.
Es el binomio que se burla de la naturaleza, represándola a sabiendas de que la naturaleza ha de pasar su cuenta. Pero eso, les es irrelevante, ellos no viven a la orilla de esos ríos.
En unas páginas del diario La Prensa que llegó a sus manos observaba unos enormes edificios para la venta a los extranjeros por cifras que él nunca había siquiera soñado, sin saber que los ríos de su provincia los estaban tomando para darle energía a esos edificios y que cada uno consume más que todas la viviendas de varios distritos del interior del país juntos.
Y mientras el campesino pierde su río para alimentar a esas obras que el Gobierno alienta, con entusiasmo, un ministro de ese mismo gobierno, que lleva un apellido tan lleno de consonantes que él no logra pronunciar, le pide que ahorre energía, que apague un foco.
Ese hombre del campo tendría que vivir más de 150 años y dejar de encender su única bombilla de 25 vatios durante todas sus noches para con su sacrificio, de "apagar paga", darle energía durante una sola hora a uno de esos adefesios arquitectónicos generadores de calor. Es maravillosa la sensibilidad humana de ese mensaje oficial promoviendo el ahorro de energía.
Finalmente, cuando el campesino se retira a dormir para poder iniciar al día siguiente una nueva jornada de trabajo honrado, lo hace pensando: "¿es eso lo que se llama un país en pleno desarrollo? ¿Será que yo estoy en otro país? ¿O que todo tiempo pasado fue mejor?
El autor es ingeniero agrónomo
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