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Panamá, viernes 29 de febrero de 2008
 

SOCIEDAD.

La manos que construyen el progreso

María Cristina Saavedra

Ante la situación crítica que vive el país, generada por la lucha de la clase obrera por querer hacer valer sus derechos, siento la necesidad imperiosa de expresar mi apoyo solidario hacia esos panameños del sector de la construcción, que representan una clase bastante desfavorecida en el escalafón de la sociedad panameña.

Los conflictos derivados por la lucha tenaz de estos humildes ciudadanos, ha desatado la hostilidad de muchas personas ajenas al movimiento obrero, que se han visto perjudicadas en sus actividades diarias y no alcanzan a comprender la magnitud del problema que aqueja al desfavorecido sector de la construcción.

Vivimos en una sociedad extremadamente individualista, en donde imperan el egoísmo y el beneficio personal. Nos hemos olvidado del espíritu de colectividad que debe reinar en una sociedad que respete y dé cabida a los valores humanos. Y, justamente, nuestra sociedad carece de ese espíritu solidario que nos vuelve indolentes ante las injusticias y ante la opresión de nuestro prójimo, en este caso los obreros, quienes sufren el atropello y el abuso de los sectores involucrados en la actividad, que no hacen gran cosa para favorecer y mejorar las condiciones de trabajo del obrero panameño.

Se dieron múltiples reproches sobre las acciones de protesta por parte del Sindicato Único Nacional de Trabajadores de la Industria de la Construcción y Similares y ante los numerosos daños causados a la propiedad pública y privada, así como las cuantiosas pérdidas materiales en el sector turístico y comercial. Hasta se dijo que estas acciones de protesta afectaban la imagen y el progreso del país. Pero ¿quién piensa en las manos que construyen ese llamado progreso?

Si ese tal progreso, del cual se enorgullecen y benefician las clases más privilegiadas, resulta de la sangre derramada de aquellos que con sus manos construyen y levantan los proyectos millonarios de Panamá, no debería considerarse como un progreso social, sino como un retroceso en los valores morales, éticos y humanos que deben imperar en toda sociedad justa, que respete los derechos humanos y el bienestar social.

La autora es profesora de lenguas


© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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