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Panamá, lunes 25 de febrero de 2008
 

COMPARTIR LOS BIENES.

El presidente y el joven rico

989189Enrique Ho–Fernández

En aquel tiempo, vivió un hombre que se preocupaba por los pobres y la injusticia social de su pueblo. "Los culpables son los ricos" pensaba. Un día, buscó la presidencia de su país y con el apoyo del pueblo ganó las elecciones. Inmediatamente, subió los impuestos a los ricos, a los comerciantes y a la clase media. "Después de todo, ellos tienen dinero y mi pueblo tiene necesidades. Redistribuir la riqueza es un acto moralmente cristiano", pensó el nuevo presidente. Años después, el presidente murió, no sin antes estar convencido de que tenía el cielo asegurado. El pueblo lo recordó con nostalgia y monumentos se hicieron en su nombre.

Cuando el presidente llega a las puertas del cielo se encuentra con San Pedro quien le pregunta, "Hijo mío, ¿cumpliste el mandamiento de amar al prójimo como a ti mismo?". "Claro, aquí tengo la lista de los impuestos que le puse a los ricos para ayudar a los pobres", dijo orgulloso el presidente. "Disminuí la desigualdad e impuse la justicia social y divina. Ahora, abre las puertas del cielo y déjame pasar". Pero San Pedro le dijo: "¿o sea que violaste el mandamiento de Dios que te ordena "no robarás"? El presidente, visiblemente sorprendido, le respondió: "¿De qué estás hablando? ¡Yo no he robado nada! Yo fui defensor de los pobres y desprotegidos. Los ricos jamás hubieran dado su riqueza voluntariamente, y no tuve más remedio que subirles los impuestos a estos oligarcas". Pero San Pedro le respondió, "quitarle al prójimo su dinero en contra de su voluntad es robar, no importa qué tan buenas hayan sido tus intenciones o qué tan justas creas que hayan sido tus causas. Ese dinero no era tuyo. Se lo quitaste a otras personas. El que lo hayas hecho con un revólver o con la letra de la ley es irrelevante ante los ojos de Dios".

San Pedro entonces le contó la historia del "Joven Rico" del Nuevo Testamento donde un hombre rico se aproxima a Jesús y le pregunta, "¿Maestro, qué debo hacer para tener la vida eterna?". Después que el hombre le dice a Jesús que había cumplido con todos los mandamientos, Jesús le contestó: "Si buscas la perfección, vende todas tus posesiones y dáselas a los pobres. Así acumularás tesoros en el cielo. Luego ven y sígueme. Pero el hombre no pudo desprenderse de sus bienes y se fue triste".

San Pedro miró al presidente y le dijo: "Esta historia revela el peligro de aferrarse a los bienes materiales. El joven rico prefirió la riqueza temporal a la riqueza eterna. Pero la verdadera lección de esta historia es la siguiente: luego que el joven rico rechazara dar sus bienes a los pobres, Jesús no le dijo a las autoridades que fueran a incautar los bienes del joven rico o a ponerle impuestos más altos. Lo pudo hacer, pero no lo hizo. En lugar de esto, Jesús le dio al joven rico la libertad de elegir, y la decisión que tomó, aunque no fue la deseada, fue respetada por Jesús.

Continuó San Pedro diciendo: "Recuerda las palabras de Jesús de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Tras una pausa, continuó diciendo: "Fuiste injusto al usar los poderes del César para imponer tu interpretación de la justicia divina. El fin no justifica los medios. Cuando forzaste a los ricos a repartir sus riquezas con los pobres, eliminaste la dimensión moral de la caridad voluntaria. La caridad forzada no es caridad, es imposición. Y la libertad de elección es el regalo más grande que Dios le dio al hombre. Recuerda que a pesar de que Dios nos dice que lo amemos, también nos dio la libertad de rechazarlo si así lo decidimos. Y si Dios no nos impuso su justicia y nos dio la libertad de decidir por nosotros mismos, entonces, ¿quién eres tú para imponer tu justicia de redistribución y decidir por los ricos?", concluyó San Pedro.

Después de escuchar a San Pedro, el presidente entendió que la caridad cristiana solo puede nacer del corazón del hombre libre. Recordó que nunca compartió su dinero para ayudar a los pobres. Que para tapar sus fallas le quitó a ricos para darle a los pobres creyendo que así ganaría su propia salvación. Solo en muerte supo lo equivocado que estaba. "¿Me iré entonces al infierno?", preguntó tenebrosamente el presidente. San Pedro le respondió, "solo en tu corazón encontrarás la respuesta a esa pregunta".

El autor es miembro de la Fundación Libertad
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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