CARTAS DESDE EUROPA.
Mano negra
Camilo José Cela Conde
En el año 1776, el profesor Adam Smith publicó un libro, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, destinado a cambiar el mundo. En él, el antiguo catedrático de filosofía moral de la Universidad de Glasgow se planteó descifrar el mecanismo de la economía, las leyes naturales que, después de que Newton hubiese abierto el camino a un universo mecánico, debían existir también llevando a cabo el control de los intercambios del mercado. Para indicar que obedece éste a una lógica interna, Adam Smith utilizó una metáfora: la de la "mano invisible". Las compras y las ventas ajustan sus precios no merced a la imposición de ninguna autoridad, ni divina ni humana, sino por medio de esa mano invisible, es decir, de manera automática.
Con el tiempo, a la mano invisible de Smith se le asignó también el nombre de "mano negra". La idea es la misma, sí, pero las palabras nunca son inocentes, ni tampoco lo son las metáforas. Mano negra remite a una especie de conspiración, apuntando al sentido opuesto de lo que el padre de la economía sostuvo. Un disparate, ¿no? Pero...
Se habla mucho en estos días de economía, de crisis económica, sobre todo, y, al menos en España, se dicen cosas bastante absurdas con la coartada de que las elecciones legislativas andan próximas. Así, se le echa en cara al gobierno de Madrid que la inflación esté en cifras muy altas para lo que teníamos por costumbre. Quienes esgrimen como arma la subida de los precios pertenecen en su mayor parte a un partido para el que Adam Smith viene a ser un compendio de Mahoma y Alá —o, si se quiere, de Jehová y Jesucristo. Pero no ven contradicción alguna en que se crea a pies juntillas en la mano invisible y se acuse a las autoridades de inflar los precios de las cosas.
Ante la tesitura de atacar al Gobierno o defender a Adam Smith, el cuerpo suele pedirle a cualquiera lo primero. Para ello, nada mejor que pasar de la mano invisible a la negra y preguntarse, por ejemplo, cómo es posible que los precios de los productos básicos de consumo estén bajando en el campo y sigan por las nubes en los supermercados. La única explicación posible habla del papel nefasto de los intermediarios, de quienes distribuyen los productos y especulan con ellos. Pero, ¿qué podría hacer cualquier gobierno al respecto? ¿Fijar los precios por decreto, establecer controles y planes económicos, dirigir la economía? Eso ya se intentó, y hasta los políticos enfrascados en campaña electoral deberían ser capaces de recordarlo. Existió como capitalismo de estado y llevó a la ruina de nada menos que la Unión Soviética.
Quedémonos, pues, con la mano invisible, o al menos con la negra, y reflexionemos un poco. ¿Quiénes se benefician de ese mercado libre que no es libre, que permite especulaciones, monopolios, abuso del ciudadano y sueldos gigantescos de cuatro espabilados? Qué pena que no esté aquí Adam Smith para explicárnoslo.
El autor es escritor
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