CUARTO BATE
La noche de Pum Pum
Harmodio Arrocha Jr.
harrocha@prensa.com
OPINIÓN. Que gusto y que privilegio tuve la noche del miércoles, en el estadio Rod Carew, de conversar con el legendario pelotero Leonardo Pum Pum Cumberbatch, en el partido final que coronó por segundo año consecutivo a Chiriquí como monarca de la pelota juvenil. Recuerdo que su designación para dedicarle el campeonato juvenil se hizo a última hora y la recibió a través de una llamada telefónica que hizo la secretaría de la Federación respectiva, y eso explica el porqué no lo vimos en el Kenny Serracín para la apertura del torneo. Pero eso quedó atrás y estoy seguro que Pum Pum, apodo que heredó de su padre, jamás olvidará ese momento inolvidable y ese reconocimiento que se le hizo frente a los fanáticos al entregar el trofeo al equipo campeón Chiriquí.
Este beisbolista marañonero, acostumbrado a sobrevivir al fragor de las batallas en los campos de béisbol, no pudo esconder la felicidad que sintió y no es para menos, son pocos los peloteros de antaño que pueden sentirse privilegiados en recibir estos honores. Generalmente, y más en estos últimos años, estas distinciones son reservadas para los políticos o gente influyente que, en el peor de los casos, solo aparecen para figurar en estos escenarios.
Los homenajes siempre son mejores en vida y eso es importante reconocerlo a la hora de valorizar el gesto que tuvo la dirigencia beisbolística para con este ilustre personaje de nuestro béisbol que dejó huellas imborrables en su andar en la pelota allá por la década de 1940 y 1950. Para este hombre que el béisbol significó su vida, la pelota sigue siendo la misma en esencia, aunque sí aclara el hecho que en su época de pelotero muy pocos tenían la oportunidad de firmar. "Ahora eso está como lentejas por real", dijo con una cara sonriente Pum Pum, mientras el colega Rodolfo Newland insinuaba establecer una comparación entre él y su hijo del mismo nombre. En su infancia en el barrio de El Marañón, de donde salieron muchos buenos peloteros, era un birrioso de este juego y no paraba de jugar hasta que se iba el sol. No hay la menor duda, este hombre debe sentirse orgulloso de su vida porque ha vivido intensamente cada uno de los 75 años que tiene.
El autor es periodista.
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