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Panamá, viernes 8 de febrero de 2008
 

Cartas desde Europa.

Creando vida

Camilo José Cela Conde

La réplica en el laboratorio del genoma completo de la bacteria M. genitalium llevada a cabo en el Instituto Craig Venter es, sin duda, uno de esos hitos que pasarán a la historia de los esfuerzos humanos por construir un ser vivo ex novo. Pero, a mi entender, lo conseguido –que es de un mérito inmenso– ha tenido un eco mediático un tanto exagerado. Ni se ha obtenido un ser vivo, ni el genoma sintetizado puede considerarse una construcción estrictamente humana; es decir, sin intervención de material genético anterior.

Cuando, en el año 1948, el Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió la primera sentencia relativa a la manipulación de organismos, negó la patente de una bacteria genéticamente modificada sosteniendo, textualmente, que quien descubre un fenómeno de la naturaleza desconocido hasta entonces no tiene un derecho reconocido por la ley a monopolizarlo.

Así, la mezcla de cepas de bacterias que se había realizado en el laboratorio para lograr organismos capaces de fijar el nitrógeno de la atmósfera y ahorrarse los fertilizantes fue calificada por el alto tribunal de "descubrimiento", no de "creación" y, por tanto, no consideró que fuese patentable.

Cierto es que ha llovido desde entonces, y en favor de las patentes de seres vivos alterados. Pero la cuestión no es si el logro de Craig Venter es o no susceptible de patentarse. A lo que íbamos es a la esencia misma de lo conseguido. Pues bien, pese a que vaya mucho más allá de una mezcla de cepas, lo que han hecho los científicos para "fabricar" ese nuevo genoma es utilizar otras bacterias para, con su capacidad de replicación de secuencias genéticas, ir obteniendo los distintos pedazos del DNA de la M. genitalium y después ensamblarlos.

Un logro enorme, ya digo. Pero ese genoma no es capaz todavía de lograr lo que hace el propio de la bacteria ahora clonada: producir más bacterias. Su actividad funcional está por alcanzarse, con lo que lo obtenido ahora es quizá el paso final de lo que comenzaron hace 55 años Stanley Miller y Harold Urey al sintetizar en el laboratorio los primeros aminoácidos.

Aquellos primeros elementos y el DNA completo de ahora comparten un detalle importante: no son moléculas autorreplicantes. No dan lugar a que se produzca la cadena espontánea de aparición de nuevos seres que caracteriza a la vida.

Cuando se logre obtener en el laboratorio un DNA funcional, se habrá conseguido por fin el objetivo de crear un ser vivo. Cuando seamos capaces de hacerlo sin ayudarnos de otras bacterias como artesanas, estaremos en condiciones de proclamarnos demiurgos.

Imagino que, con los medios y los esfuerzos de que se dispone, no se tardará mucho tiempo en alcanzar esa meta. Entretanto, celebremos el éxito de Craig Venter y sus colaboradores como lo que es: un peldaño más en la escalera que nos permite alejar del mundo de los seres vivos los espíritus imaginarios

El autor es escritor
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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