CHILE. PARQUE NACIONAL PUYEHUE.
Un gigante longevo
Lagos como espejos refulgentes acarician el cielo de los Andes chilenos; bosques vírgenes nos susurran antiguas leyendas del principio de la vida.
| CORTESÍA/Alejandro Balaguer/Fundación Albatros Media |
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Alejandro Balaguer
Especial para La Prensa
vivir+@prensa.com
Fue una entre millones de semillas diseminadas por el viento, la que finalmente logró enraizarse en la selva de Chile, el país de los 500 volcanes.
Tercamente, aprovechando la transformación constante de las otras especies vivientes, se fue haciendo fuerte bajo la sombra de sus parientes, los gigantes del bosque virgen. Coihue, así llamaron a este majestuoso árbol los sabios nativos.
Corría el tiempo. La tierra oscura se veía a ratos alfombrada con parches de musgos verdes y esponjosos o cubierta de gruesas capas de nieve y hielo. Junto al pequeño Coihue, alerces anchos como columnas de catedrales, lustrosos arrayanes, ulmos cubiertos de líquenes, lengas y cipreses adornados con guirnaldas de aéreas salvajinas dominaban las abruptas quebradas.
Era el comienzo de un nuevo milenio. En América florecían las culturas preincas, mientras que Europa se convulsionaba por el comienzo de las cruzadas. Ajeno a todo, el tenaz Coihue se hacía fuerte de a pocos, mientras el bosque valdiviano palpitaba silenciosamente.
Mediaba el año 1200. Una tribu de indios mapuches en pie de guerra cruzaba las nieves andinas desde la actual Argentina, en un intento por conquistar las tierras huiliches. El joven Coihue era ya un adolescente de 200 años cuando fue testigo de una batalla bajo su sombra. La sangre de los combatientes regó las tierras circundantes del lago Puyehue, culminando con la derrota de los autóctonos y el comienzo del predominio invasor.
Llegó Colón a descubrir América cuando Coihue ya era un adulto de casi 25 metros de altura. Sus ramas eran refugio de la lechuza blanca, el zorzal, la golondrina y toda una singular corte alada. Más de cinco siglos pasaron, pero el bosque del Puyehue siguió palpitando en su ciclo de renovación biótica constante, y así Coihue se elevó hasta ser hoy un venerable anciano de casi 900 años.
Y es en estos bosques misteriosos donde la realidad y la magia se funden. El relato de Coihue –Nothofagus dombeyi– es la historia, no de uno, sino de miles de árboles nativos que forman los grandes bosques de la Patagonia septentrional, en la Décima Región de los Lagos, donde se encuentra el Parque Nacional Puyehue; mi destino.
BIENVENIDOS A ANTICURA
Cae la nieve como regalo de dioses. Coihues y lengas forman una barrera arbórea sobre la cordillera que delimita la catarata Salto del indio. Bajo las catedrales de hielo, la cordillera ha sido modelada por la retirada milenaria de los glaciares. He comenzado una larga caminata al corazón del bosque del Puyehue con la leyenda de Coihue en la memoria: Si vas para las cascadas de Anticura y decides caminar por el sendero que conduce al Salto del indio, detente a mitad de camino y verás elevarse a Coihue. Tócalo suavemente… y sentirás espíritus de guerreros huiliches habitando en su noble tronco.
Hay tantos árboles ancianos y venerables, que me pasaría el día tocando cada uno de ellos en busca de Coihue. Lo cierto es que en vez de guerreros huiliches, he hallado desde chucaos y mirlos, hasta hongos y líquenes habitando sus curtidos troncos. Ante la ausencia de fantasmas, dejo atrás el bosque legendario.
Arriba, un manto blanco domina las montañas del sector Antillanca. Al pie de las montañas, relucen como espejos los lagos Toro, Paraíso, Espejo y Puyehue, delicias del senderismo y de la pesca de la trucha y del salmón. Me conmueve el silencio, el rumor de una cascada a lo lejos y la belleza indómita de la selva.
Bajando los 18 kilómetros que separan Antillanca, dominando por los volcanes, me interno en el corazón del parque y llego a Aguas Calientes, casa de los incansables guardianes del bosque. Es un centro de alojamiento con sólidas cabañas bien equipadas; también hay relajantes aguas termales, ricas en litio y yodo, producto de una intensa actividad magmática. De Aguas Calientes, se dividen los caminos al lago Puyehue, a Osorno o hacia las cascadas de Anticura.
El frío congela mi rostro. Voy de vuelta al calor de mi cabaña. Mientras la noche extiende su manto azulado, veo al famoso Coihue. Bajo su influjo, todo el misterio cae nuevamente sobre el bosque milenario de esta área protegida chilena, ejemplar por su manejo y un modelo auténtico para el resto del continente.
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