DELIRIOS DE GRANDEZA.
Entre zorros e hipopótamos
978264Carlos Iván Zúñiga Guardia
Los que tenemos la responsabilidad de comunicarnos semanalmente con los lectores contamos con un mundo muy rico en nuevos episodios, lo que facilita la tarea del comentarista. Tal vez por eso las crónicas de antaño se nutrían más de la propia imaginación y eran mucho más intimistas, mucho más cultivadas por el talento del autor. Hoy existe una sucesión tan interminable de hechos importantes que basta con comentarlos al margen de ellos y queda hilvanado el mensaje semanal. Lo que resulta difícil o tedioso es seleccionar el tema apropiado porque todos guardan importancia y es cuestión de no correr el riesgo de preferir uno que carece de buena actualidad o que ya tiene cansado al conglomerado de lectores.
Para hoy sábado de Carnaval sobre mi mesa de trabajo tengo para comentar algunos acontecimientos. Están dirigidos a quienes toman la vida en serio y se quedan en casa en estos días de festejos y frivolidades. Veámos. Una buena perla noticiosa nos las trajo como de costumbre el presidente Hugo Chávez. Acusó al presidente Uribe y a Colombia y también a Estados Unidos de estar preparando una agresión militar contra Venezuela e hizo un llamado a los ejércitos de la América Latina para que solidariamente hagan frente a la proyectada invasión foránea.
A mi juicio es absolutamente inconcebible que Colombia pretenda agredir a Venezuela. Es cuestión de sentido común. Una guerra entre Colombia y Venezuela no cabe como posibilidad en el mundo de los estadistas colombianos. Colombia tiene un frente interno precario, crítico, sangriento e incontrolado que no ha podido pacificar ni a través del diálogo ni con la fusilería de su ejército. Abrir un frente de guerra en la frontera venezolana sería un apoyo logístico, de efectos impredecibles, a las guerrillas. Si el ejército de Colombia no ha podido vencer a los alzados internos luego de 40 años de conflicto, solo a una cabeza delirante se le puede ocurrir agredir a Venezuela, país que cuenta con un ejército poderoso y fresco, descansado, listo para estrenar sus armas modernas. Además, Colombia no puede perder el gran mercado que tiene en Venezuela y que le produce ingresos por millones de dólares a su población productora.
Tampoco es imaginable que Estados Unidos se embarque en un nuevo conflicto bélico, ahora en América. Ese país no sabe cómo resolver el incendio que provocó en Oriente Medio para ahora extenderlo a otras regiones. Esa pretendida invasión a Venezuela sería repudiada por todos los pueblos de América por contraria al derecho internacional.
Las acusaciones de Chávez tienen una sola explicación. Están dirigidas a su propia gente con un interés político. El interés de armarlo psicológicamente para que cierren filas en torno a Chávez y a una soberanía en peligro de ser ultrajada.
En Panamá vivimos una experiencia semejante cuando el general Noriega y su Asamblea de Representantes de Corregimiento declaró el estado de guerra contra Estados Unidos. Aquél disparate provocó la ignominiosa invasión y la destrucción del ejército merengue que nació el 11 de octubre de 1968 y que tanto daño causó a la nación panameña.
En cada ocasión en que escucho a un gobernante de América Latina amenazar a Estados Unidos con una guerra hago memoria de aquel pasaje del zorrito que lo sorprendió el sol de la mañana dormido sobre un muro. Al despertar vio la sombra tan larga que proyectaba su escuálido cuerpo y lleno de espejismos exclamó: "¡Carajo, cómo he crecido! Hoy me como un hipopótamo".
El presidente Chávez no debe seguir pensando que se va a comer un hipopótamo y debe abandonar su política inédita de permanente confrontación con otros gobernantes de América Latina. A Estados Unidos, a los gobiernos poderosos, la América Latina los puede vencer en el campo de la diplomacia, pero no en el campo militar. El solo pensarlo causa espanto, porque ¿qué hacer con ese inmenso país si por fortuna se le gana la guerra?
Existe otra situación, medio escondida, que merece algunas notas. En reciente entrevista que Flor Mizrachi Ángel hiciera a Luis Gordón, director del Sistema Penitenciario (La Prensa 27/1/08) este funcionario dio algunas respuestas que no pueden pasar inadvertidas. Preguntado: "¿Éste es el gobierno de los militares? Respuesta: No, pero eso algún día llega".
No sé cómo calificar estas palabras del ex miembro de las Fuerzas de Defensa que ha olvidado la historia. Si el señor Gordón sabe que es funcionario de un gobierno que se autocalifica de democrático su testimonio y su augurio resultan absolutamente imprudentes. Salvo que Gordón igualmente sepa que el espíritu militarista priva en el ánimo de gobierno.
Lo que dijo Gordón abona lo que siempre hemos dicho: Las fuerzas militares desalojadas del poder no descansan en sus propósitos de restaurar el antiguo régimen que naufragó en diciembre de 1989. Lenta, pero sistemáticamente, con el apoyo de militares y civiloides arribistas, se viene reestructurando la remilitarización de la fuerza pública. Las declaraciones de Gordón ya no esconden ese propósito. Están retadoramente dirigidas, como provocación, a la conciencia democrática de este país. Se trata de una conciencia, lamentablemente, dormida porque ante tales declaraciones no ha habido una sola manifestación de protesta ni de los dirigentes de la Cruzada Civilista ni de los partidos democráticos de la oposición.
Al final de la entrevista la periodista Mizrachi preguntó a Gordón si en la cárcel le daría a Noriega un trato privilegiado. La respuesta fue enfática: "Sí, ese es mi general".
Sinceros en sus propósitos golpistas, nostálgicos y retadores así están ya, según parece, todos los miembros de las fenecidas Fuerzas de Defensa.
Si los civilistas siguen durmiendo del lado de la despreocupación, otro 11 de octubre amanecerá más temprano que tarde, destrozando nuevamente las entrañas democráticas del Estado panameño.
El autor es abogado y fue rector de la Universidad de Panamá
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