SEXUALIDAD.
La mañana siguiente
María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es
Según un reportaje que publicó El País hace un par de semanas, los adolescentes españoles se inician en las relaciones sexuales alrededor de los 14 años, y al parecer, los ingleses, franceses o portugueses lo hacen antes. Pero no solo ha cambiado la edad del estreno en comparación con generaciones anteriores, sino la concepción misma de la sexualidad. El reportaje añade que los adolescentes se saltan los pasos previos de la seducción y que la actividad es "lúdica, algo corriente, parte del ocio, un intercambio entre amigos, algo que hay que hacer". Tan sencillo como beberse un vaso de agua. Aquello de concebir el sexo como la culminación de un largo proceso amoroso es cosa del pasado. Ni siquiera es requisito estar o creerse enamorado.
La misma tarde en que me topé con el estudio, fui al cine a ver El amor en los tiempos del cólera, que había leído hace tanto tiempo que solo recordaba que Florentino ama a Fermina toda la vida, aunque en esta vuelta me pareció más obsesión que otra cosa. La percepción cambia también con el tiempo. Sin embargo, no se trata aquí de comentar la película ni de hablar del amor. Valga decir tan solo que en el caso del filme, el cine gringo no logra cogerle el punto al mundo latinoamericano, y respecto al amor, porque no seré yo la que se meta en semejante berenjenal.
Si relaciono el reportaje con la película es porque, de vuelta a casa, no pude por menos de pensar en el contraste tan acusado que se desprende de ambos en el planteamiento de las relaciones. Para nuestros adolescentes, pura genitalidad, jaque mate a la seducción de doble vía y al erotismo; para Florentino, puro sentimiento y mucho de aliciente.
La investigación periodística me resultaba en principio bastante fría. Después de todo, dediqué mi vida docente a la adolescencia, y el estudio los despoja del factor sentimental y amoroso que sin duda tienen. Aunque parezca que se dejan atrás los tabúes que torturaron a generaciones anteriores, los adolescentes son seres humanos, no animalitos, y la prueba es que según el reportaje, los chicos siguen preocupados por quedar bien, y las chicas esperan que, entre tanto trasiego, aparezca el príncipe azul, por lo que, si uno de ellos les gusta y por miedo al abandono, prescindirán del preservativo si él lo pide o fingirá un placer que ha estado muy lejos de experimentar. No sé yo cuánto se ha avanzado, porque además, perviven mitos eternos como el tamaño de marras, prejuicios sobre la homosexualidad (una cosa es la ley que permite matrimonios entre parejas del mismo sexo y otra los atavismos heredados) y desconocimiento de elementos esenciales de la concepción y la contraconcepción. Aún hay jóvenes, pocas, que preguntan a los consultorios establecidos si quedarán embarazadas tras el sexo oral. Lo de siempre.
Un dato resulta significativo: las películas y revistas pornográficas son fuente de información y diversión generalizada entre los adolescentes que tratan de imitar posturas y contorsiones, lo que no quiere decir que los adolescentes de otras épocas no las hayan buscado ávidamente. Lo que ocurría es que no estaban a su alcance. El problema está en que sin otros modelos, la conducta a seguir en una actividad en la que irremediablemente se involucran otros factores de la persona, se distorsiona por el sesgo parcial de la fuente En el lado opuesto, la generación de los que ahora rondamos los sesenta e incluso mucho más jóvenes, nos alimentábamos de películas y novelas románticas que nos dieron, a su vez, una visión distorsionada del amor: crecimos creyendo que el amor todo lo puede, aunque en realidad sea tan frágil que si te descuidas, cualquier cosa puede con él; que el final de los conflictos siempre sería feliz, y que las promesas de fidelidad eterna eran ciertas. El batacazo estaba asegurado. Y la decepción también. No todos tuvimos la fe y la testarudez de Florentino Ariza.
De cualquier forma, queda la impresión de que estos adolescentes, tan desenvueltos y desinhibidos, están tan perdidos como lo estuvimos nosotros en su día, eso sí, por motivos diametralmente opuestos. Ellos, por escasa información sobre el amor, y nosotros por exceso. Tampoco es cosa de echarse las manos a la cabeza ni de juzgarlos. Son producto de su tiempo. Eso es todo. Crecerán y las cosas tomarán su cauce. El suyo, no el nuestro. Solo hay una cosa que me preocupa: que acostumbrados a concebir el sexo como una actividad ocasional y genital, se pierdan en consecuencia la sensación de plenitud que se experimenta la mañana siguiente de la noche anterior. Esa noche en que sedujimos y fuimos seducidos, pusimos a flor de piel los sentidos y el amor se nos salió por los poros.
La autora es filóloga
|