JÓVENES INFRACTORES.
La patente de corso para delinquir
Leticia Paddy de Holder
El inicio de la vida humana se hace evidente todos los días en los cuartos de maternidad de nuestros hospitales. Cunitas transparentes cobijan a frágiles criaturas que dependen del cuidado de sus progenitores y de la sociedad en general para completar la obra del creador. El personal de enfermería que los atiende y el observador que se detiene, detrás del amplio ventanal de vidrio, a deleitarse con este hermoso espectáculo, está lejos de suponer que algunos de estos seres inocentes (antes de cumplir los 15 años de edad, empuñarán un arma e, incluso, serán capaces de quitarle la vida a un semejante.
En un número importante de hogares panameños los recién nacidos crecen ausentes de las condiciones óptimas para su desarrollo. El desamor, la falta de valores, de modelos ejemplares, la ausencia de la figura paterna, las madres adolescentes, el círculo de violencia y pobreza que los envuelve además de un ambiente social que no les ofrece mejores alternativas de vida transforman a estos seres frágiles e inocentes en resentidos sociales, en pequeños monstruos con conductas altamente delictivas capaces de robar, violar y matar... De víctimas pasan a ser victimarios.
Es cierto, la sociedad tiene una difícil deuda que saldar con ellos. No les proveyó del ambiente familiar y social que necesitaban para su normal desenvolvimiento, sin embargo, el compromiso social no puede ser finiquitado eximiéndolos del daño y el dolor que causan. En especial aquellos que, a pesar de sus propias limitaciones, lograron formar a seres humanos que buscan en el trabajo honrado mejores condiciones de vida. Tal es el caso de los taxistas, sus principales víctimas, o del joven que murió asesinado en días pasados en parque Sucre de la ciudad de Colón, del guardaespaldas del alcalde capitalino o del empresario colonense atacado y asesinado en su propio establecimiento.
La comunidad se siente impotente y desprotegida frente al incremento de las acciones delictivas de los menores. Estos y quienes los favorecen exhiben su condición de menor como la patente de corso que les permite delinquir libremente a sabiendas de que las sanciones que establece la ley son irrisorias, en comparación con los actos que cometen.
Castigar a los padres, hacerles pagar sendas multas o asignarles trabajos comunitarios está lejos de solucionar el problema cuando se trata de delitos mayores. Es hora de tomar los toros por los cuernos. Impongamos castigos ejemplares a los niños que cometen delitos tipificados como graves. Únicamente, de esta manera los adultos que los utilizan como chivos expiatorios dejarán de escudarse tras los menores y estos, a su vez, asumirán en su justa medida la responsabilidad de sus actos.
La autora es profesora de geografía e historia
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