EL MALCONTENTO.
Demonios y angelitos
976498Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
Reconozco que la capacidad de asombro no tiene límite. Uno espera, siempre ingenuo, que los políticos toquen su límite, que eviten pasar la frontera de la esquizofrenia en la que se mueven con tanta facilidad. Confía en que se cansen de ser incoherentes, de contradecirse en 24 horas y de que, cansados de las ansias de figuración y de titular, esquiven las declaraciones altisonantes, dañinas y antisociales.
Debo ser muy, muy ingenuo. Y el alcalde de Panamá, Juan Carlos Navarro, muy, muy político.
Entiendo que la muerte de un escolta saque de quicio, que ponga nervioso y que el dolor haga hablar en caliente y decir improperios. Pero no es la primera vez que el alcalde se sale del tiesto y pide medidas de dudoso talante democrático o social.
Primero fue lo de limitar la entrada al país de todos los extranjeros, excepto la de europeos, canadienses y estadounidenses (discriminación blanca y monetaria para frenar la delincuencia con acento desconocido). Ahora, se suma al coro de voces que consideran que el demonio tiene rostro de menor de edad y que la solución para nuestros males de seguridad es llenar La Joyita con niños y niñas malignos.
Pienso en estos momentos en una colaboradora cercana que vio, hace unas semanas, cómo su hermana moría por una bala perdida que entró en su cuarto de Curundú.
Me imagino entonces a esta amiga saliendo en los medios y pidiendo pena de muerte para las pistolas, las balas y la pobreza; exigiendo cárcel para todos los políticos y gestores públicos que han abandonado a su barrio y a la gente como ella por décadas; pidiendo la reubicación de sus vidas y sus penas en uno de los edificios de lujo que se levantan en la avenida Balboa para, al menos, ver la cinta costera desde el balcón.
Si hubiera sido así, los políticos habrían pedido a esta ciudadana que se calmara, que no se puede tomar uno la ley por su cuenta, que hay que ser comprensivo y tener paciencia. Eso sí, algún representante o alguien de presidencia habría pagado el entierro de su hermana con las migajas de las partidas discrecionales.
Nada es así. Y espero que nada sea cómo desea Navarro que, no contento con la propuesta de endurecer las penas para los menores de edad, calificó al Ministerio de Desarrollo Social como el "ministerio de los angelitos" y criticó que este despacho proteja a los niños, niñas y adolescentes.
Si por él fuera, deberíamos eliminar toda la protección social y, así, se podría gobernar al mejor estilo de las dictaduras de los ochenta. En ese caso, y si el precandidato llegara a ser presidente, podría hacer limpieza social con escuadrones de la muerte, prohibir a los niños pobres que jugaran en la calle –por la sensación de inseguridad que generan–, o confinar en centros de detención preventiva a vagabundos y pordioseros.
El Ministerio de Desarrollo Social debería ser el eje de cualquier política pública seria de prevención y construcción social. Un gobernante inteligente lo dotaría de recursos financieros y de personal bien calificado y lo llevaría como bandera de su gestión. Pero no es así. En este país, el Ministerio de Desarrollo Social es menos importante que el aseo municipal; cada vez que tiene una buena idea o iniciativa se la roba el Despacho de la Primera Dama, el Ministerio de Vivienda o cualquier político con ganas de colgarse medallas; cuando hubo una ministra con criterio y carácter la quitaron de en medio; y, ahora, es apenas una caricatura de lo que debería ser, aunque ha impulsado iniciativas legales interesantes y necesarias y sus funcionarios hacen lo que pueden aplastados por el resto de oficinas gubernamentales.
Por si fuera poco, el famoso Prosi, en manos de súper Toro –no EPB–, terminó con cualquier expectativa de prevención e inserción juvenil a través de una política social.
Considero que el alcalde debería moderarse y entender que esos "angelitos" a los que protege el ministerio no son el enemigo, no son "diablos", sino jóvenes sin futuro a los que el Mides apenas entretiene con talleres y juegos deportivos. Los "angelitos", además, podrían ser sus hijos, o los hijos de cualquier panameño. Solo hasta que una familia sufre un caso de drogadicción o pandillerismo es plenamente consciente del drama que supone y de lo difícil que es atajarlo.
Las muertes violentas que han ocurrido en los últimos días son preocupantes, como debe preocupar el deterioro general del clima de seguridad. Ante este hecho hay que tomar acciones policiales y sociales efectivas, en lugar de incrementar penas a menores o diseñar planes de seguridad invisibles –como el actual– que solo sirve para salvar la cara de los políticos.
Lo que parece, con este clima enrarecido, es que el Mides va a tener que empezar a proteger a los "angelitos" de los "diablos" políticos, tan nocivos para la seguridad como para el buen humor matutino.
El autor es periodista
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