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Panamá, martes 29 de enero de 2008
 

SOCIEDAD.

Censura y represión, un dueto disonante

Jaime A. Porcell

Además de Panamá, el éxito de Carnaval "X de su Madre", del "reguesero" Dj Black, está pegado en Venezuela, Estados Unidos y México, por ahora. Es decir, medio mundo ya sabe de nuestras calamidades sociales por el envenenamiento con dietilenglycol, de los políticos que llegan a pedir votos y después se "pierden", y sobre el incendio del autobús. Luego sabrán, gracias a la televisión internacional, cómo actúa un gobierno ante la denuncia de Dj, que ya ha sido elevado a la categoría de víctima.

Cuando aflora la cruda sordidez del barrio, las autoridades sacan a escena un dueto demasiado viejo y nuevo: censura y represión. La dupla rememora esa ancestral torpeza oficial para lidiar con la rebeldía juvenil con ribetes políticos.

La Junta de Carnaval obstaculiza con disimulo la presentación del pegado Dj en las tarimas capitalinas, a pesar de que propuso cantar gratis. La policía lo conduce sin razón. Luego lo difaman con aquello de que –ofreció plata–. Le reviven una junta de censura que carga años de sabio silencio, tamaño honor, mientras el ministerio exige a la radio, autorregulación, o sea, autocensura.

Igual presionan a las bandas independientes cuyo fenómeno musical de punta, menos comprenden. En las fiestas patrias coartan su participación en los desfiles, cuando no apresan a sus dirigentes. Alguna vez, igual persiguieron por sórdidos al tango, rock y bolero. Hasta el más político de todos los álbumes de Rubén Blades, Buscando América, sufrió los zarpazos de la sacrosanta inquisición de la censura criolla.

Cada nueva generación utiliza las artes, la canción entre ellas, para canalizar con mucho ruido una explosión de rebeldía ante la injusticia. La poesía, la pintura, la literatura, cantaron de forma ejemplar a las gestas de noviembre, del 9 de enero, contra la presencia del ejército estadounidense, contra los casa tenientes, en hermosas páginas con "cuartos de la gente pobre donde no entra el sol, porque el sol es aristocrático". Chimbombó inflamó nuestro nacionalismo y Amelia Denis nos hizo odiar al extraño que pisó el chorrillo bienhechor.

Celebramos la reversión de la Zona y ese 31 de diciembre cantamos Patria con Blades. Y mientras el Canal pasó a manos panameñas, aquel gringo amante de Meme transitó a cliente y anda comprando propiedades. No conformes con que la caída del muro de Berlín y la perestroika dejaron a la juventud sin socialismo que adorar, ahora tampoco tiene yankees que odiar.

Más que nunca, la juventud luce sola y desorientada en un mundo patas arriba. Habita la impersonal "ciudad de plástico, donde amanece un dólar", con gobiernos que acallan sus reclamos a punta de lacrimógenas. Y ahora sin la guía que otrora prestaron los intelectuales del Partido del Pueblo y de la Doctrina social de la Iglesia. ¿Será lógico esperar, cante con la dulzura de un "Reloj no marques las horas…" cuando cada 24 horas cae tendido en la calle otro vecino?

Dj Black, con la cicatriz en la cara, denuncia la inseguridad e ineficiencia policial. La gente no destranca la puerta a un Erasmo Pinilla secuestrado, no por indolencia, sí por indefensión. Vivimos en un Panamá violento que ya no anima relaciones a ritmo de bolero.

Ni la escuela, ni la familia, menos los medios, entregan refinamiento alguno. Resulta insensato pretender que este ciudadano encuentre que las sutilezas del jazz que propugnan los Danilo Pérez o la lírica atildada de Blades y Alfano, reflejan la dura soledad de su vida incierta.

Nuestra ocupada generación dio la espalda a esa juventud ilusa que confió, sería de la mano de la tecnología aséptica, y no de la "sucia política", que llegaría ese mundo mejor. Ahora reprime al más pegado de sus cantores, uno que vuelca la sorna del barrio en su desencanto con un "X de su madre". Dj Black, poeta de la decepción sórdida, este Quinto Festival de Jazz te responde con dignidad ejemplar: "X de la tuya".

El autor es investigador de mercado
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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