Ha sido el contenido soez -y la crítica a la clase política- de una canción lo que ha vuelto a encender el debate sobre la libertad de expresión.
Si bien este periódico no da cabida a la vulgaridad ni a la ‘pornomiseria’, y sostiene que la crítica política o social se puede llevar a otro nivel, también respeta que hay formas distintas de expresión y, sobre todo, que existe el derecho soberano de cada ciudadano de elegir, leer o escuchar el medio que él escoja. Al final, son los oyentes de la radio, los televidentes y lectores quienes tienen la última palabra, rechazando o aplaudiendo una obra.
Por encima de quienes condenamos la grosería y el mal gusto está el terror a la censura estatal, arma de fácil acceso a los gobernantes, pero de fatales consecuencias para la libertad y la democracia.
Resulta sospechoso, eso sí, que nuestras autoridades se mantengan impávidas ante el mal ejemplo que deja la corrupción, no les quite el sueño la impunidad de que gozan los responsables del envenenamiento masivo y los calcinados, pero no toleren una cancioncita de pacotilla. |