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Panamá, viernes 18 de enero de 2008
 

NUESTRAS RIQUEZAS OLVIDADAS.

Un abismo entre la capital y el interior

971320Horacio Bustamante

Con los rascacielos que crecen sin cesar, muchos aún vacíos y sin vida, nuestra ciudad aparenta ser una capital del primer mundo. Majestuosos de día y oscuros desde el atardecer, el turista se pregunta ¿quiénes son sus dueños? ¿quiénes los habitarán? ¿cuándo se verán enteramente iluminados por la noche desde el primer piso hasta el piso 20, 30 ó 60? Es, sin duda un hecho positivo que este empuje urbano da trabajo a miles de obreros ganando el sustento de cientos de familias. Pero ¿qué va a pasar cuando la ciudad se sature y el desempleo crezca? ¿será feliz el pueblo en medio de ese aspecto de primer mundo con el cual soñamos?

Cuando entramos en esos barrios modernos, no nos estamos yendo al extranjero, siempre estamos en nuestra querida capital, pero dejando atrás la ciudad que no cambia, la de los asfaltos rotos, la de las dramáticas congestiones vehiculares, la de los barrios de miseria y la de tantas calamidades que a las autoridades parece no importarles.

Tenemos a la vista dos aspectos de nuestra capital que se prestan a dolorosas comparaciones. Barrios multimillonarios de fabuloso progreso junto a una ciudad estancada viviendo puros problemas.

Pero dejemos por un momento de pensar en esa triste desigualdad urbana y crucemos el Puente de Las Américas. Entramos en nuestro mundo interiorano con sus bellos pueblos y pequeñas ciudades. Allí donde vive el hombre quien, con sus manos rugosas y el sudor de su frente, trata de sacarle el máximo de provecho a la tierra en que ha nacido. Es el eterno olvidado que clama por ayuda sin que nadie lo escuche.

Cientos, miles de hectáreas que podrían producir toneladas de productos para la exportación yacen en las lejanas montañas totalmente abandonadas esperando que algún Gobierno se ocupe de ellas y se decida a elaborar un plan de explotación para extraerles su incalculable riqueza.

Aumentando la actividad agrícola con los nuevos cultivos y cosechas, crecerían en las regiones, los pueblos que son casi los mismos que hace 50 años. Solo algunas capitales de provincia han realmente progresado, gracias al trabajo intenso de sus autoridades locales y sus pobladores.

Hay demasiado poco interés por los problemas del agro panameño. Recuerdo que cuando yo era embajador de Panamá en la India traje una misión de técnicos especializados en plantaciones de té. Los estudios que hicieron demostraron que en Panamá esa planta podía ser superior a la que se cosecha en la India, país del té por excelencia. Se conversó con un importante comerciante en el ramo del café probándole la importancia y beneficios del proyecto lo cual no sirvió de nada, pues no manifestó el más mínimo interés.

En Panamá el agro no tiene ningún estímulo. Jamás se ha pensado en reunir técnicos del Ministerio de Desarrollo Agropecuario, con exportadores y especialistas extranjeros para efectuar un estudio a fondo de lo que pueden producir las diferentes zonas agrícolas de nuestro país. Seguimos a nivel de pequeños productores salvo en el ramo del banano. Por eso nos llaman despectivamente república bananera, como si fuera lo único que fuéramos capaces de producir... Tenemos tierra, clima y buena mano de obra suficiente para producir y exportar cantidades de productos agrícolas tropicales que tienen una venta enorme en el resto del mundo. Pero es evidente que esto es difícil lograrlo sin estudiar a fondo las regiones, sus suelos, su clima y los mercados extranjeros. Es inadmisible que tengamos que importar ciertos productos como el arroz o el maíz, por solo citar dos, en cantidades enormes, teniendo zonas que podrían producirlos en abundancia. Las importaciones perjudican la canasta familiar, son causa de inflación y de pobreza ¿Hasta cuándo vamos a depender de ellas, pudiendo autoabastecernos?

No permitamos que entre el aparente progreso de la capital y nuestro interior siga existiendo un abismo. Creciendo en plantaciones y cosechas podemos industrializar nuestro interior con fábricas de conservas destinadas a la exportación.

De un lado del Puente de Las Américas tenemos la sensación de ser millonarios creciendo hacia las nubes, seamos realmente ricos del otro lado del puente extrayéndole a la tierra su escondida e incalculable riqueza.

El autor fue embajador de Panamá
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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