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Panamá, domingo 13 de enero de 2008
 

PROCESOS NEUROQUÍMICOS.

Gilipolleces del alma

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Pensaba escribir sobre las gilipolleces ejecutadas en el 2007 por políticos y por dueños de la moral única. Me arrepentí. Dar protagonismo a diputados que convierten la asamblea en púlpito predicador, a vicariatos que desean apoderarse de la fe castrense, a beatos que imparten clases de sexualidad a adolescentes, a fieles de la prelatura que acusan a Hillary de pretender promover el aborto en la región, a periodistas matutinos que transforman quejas ciudadanas en reality shows, al alcalde capitalino que irrumpe la interesante programación internacional para vender su imagen mientras la basura infesta la ciudad, a legisladores que pretenden inculcar el mandarín cuando el idioma español es masacrado hasta por ellos mismos, a estrategas que designan un personaje acusado de homicidio para dirigir el recinto legislativo, al contralor redefiniendo la clase media a partir de salarios de hambre, al embajador norteamericano dando lecciones de moral jurídica cuando su presidente asesina inocentes por mentiras prefabricadas, al charlatán bolivariano profiriendo desvaríos mesiánicos o a la guerrilla colombiana utilizando cruelmente el secuestro para reivindicar su desgarrador terrorismo, me provoca ganas de vomitar. Prefiero imbuirme en temas científicos y alejarme de la estolidez circundante.

Acabo de leer un editorial sobre las intrincadas funciones del cerebro que dan génesis a razones y emociones (NEJM 2008; 358:6). Mediante técnicas de escaneo cerebral mediante emisión de positrones y resonancias magnéticas en tiempo real, es ahora posible visualizar la activación de áreas específicas de materia gris en pacientes con trastornos psiquiátricos, sujetos que reciben drogas alucinógenas, artistas con habilidades innatas en pintura, poesía o música, adictos a películas pornográficas, personas con inteligencia de genio o en fanáticos que sufren delirios religiosos. La mayoría de neurocientíficos postulan que alteraciones evolutivas en la estructura del encéfalo han provocado mayor crecimiento o preponderancia de la corteza cerebral (fuente de reflexiones y cogniciones) y una relativa involución o enmascaramiento adaptativo de las estructuras límbicas e hipotalámicas (cantera de aflicciones y pasiones) en el Homo sapiens contemporáneo.

David Linden, neurocientífico del Johns Hopkins, en su libro The Accidental Mind, describe al cerebro como una caótica aglomeración de soluciones ad hoc, accionadas y memorizadas a través de millones de años de serendipia evolutiva, muy distante del concepto de máquina optimizada creada por un diseñador inteligente sobrenatural. El ser humano prehistórico, después de escindirse de su antepasado simiesco, era eminentemente emocional pero fue adquiriendo, gradualmente, destellos de racionalidad que lo diferenciaron del resto de animales. El ser humano moderno es bastante más racional y ha ido refinando emociones para ajustarlas a su convivencia en sociedad.

El neurólogo británico Michael Trimble, en su obra The Soul in the Brain señala que algunas celebridades religiosas de antaño sufrían convulsiones parciales complejas, patologías claramente asociadas a extremismos místicos. Por ejemplo, San Pablo durante su conversión en camino a Damasco, padeció tres días de ceguera y caídas intermitentes al suelo. Mahoma experimentó contorsiones violentas, salivación espumosa y alucinaciones durante "revelaciones" celestiales. Joseph Smith, fundador del culto mormónico, exhibió pérdidas recurrentes de conciencia y habla. Estas anormalidades, antes consideradas improntas divinas, son indistinguibles de las causadas por epilepsias o por inyección de fármacos sicodélicos. Curiosamente, los patrones eléctricos encefálicos registrados en estos eventos son también similares en los estados de sugestión y éxtasis sostenidos por creyentes en sesiones de histeria colectiva o por fieles durante "apariciones" de vírgenes milagrosas. Evidencias sugieren que el potente neurotransmisor serotonina está implicado en estas descargas excitatorias del lóbulo temporal.

Los científicos Francis Crick y Christof Koch redujeron la noción del alma a una explicación biológica generada en un grupo de neuronas que interactúa de manera sincrónica y repetitiva (Nature Neuroscience 2003; 6:795). Las funciones comúnmente atribuidas al alma –humores, ambiciones, intuiciones, libres albedríos– no son más que eventos químicos cerebrales, farmacológicamente regulables, que en un futuro podrían ser artificialmente reproducibles. La conciencia no es más que un vasto ensamblaje de células nerviosas y moléculas asociadas. La mejor manera de entender la mente es imaginarla como millones de procesadores especializados trabajando en paralelo. La memorización de acciones y conductas se logra mediante circuitos de reverberación, a través del reclutamiento y coalición transitoria de neuronas que han procesado, en el pasado, estímulos sensoriales similares y que poseen información relevante para interpretar el suceso que enfrenta. El reconocimiento visual del hecho, necesario para generar, orientar y madurar nuestro comportamiento, se coordina por fibras nerviosas que viajan entre las distintas capas de la corteza e hipotálamo. A mayor inteligencia en la escala del reino animal, mayor es la complejidad neuronal. Animales o humanos con daño cerebral desarrollan alteraciones en las funciones de la conciencia, con grave deterioro en la expresión de congojas o alegrías.

Las emociones no son más que procesos neuroquímicos veloces que se traducen en impulsos instintivos e involuntarios, los cuales se perciben de manera consciente en forma de sentimientos. Las emociones están inevitablemente cargadas de recuerdos pretéritos y todo proceso racional incluye también algún elemento emocional. Nuestro cerebro no hace una nítida distinción de ambos fenómenos puesto que las regiones cerebrales implicadas en lo emocional también lo están en lo cognitivo. Es decir, los circuitos neuronales se encuentran tan estrechamente vinculados que se trata de dos aspectos indisociables, aunque distintos. No podemos dejar afuera nuestras emociones de nuestros pensamientos ni podemos tener pensamientos sin ninguna connotación emocional, lo cual tiene un sentido adaptativo.

Una especie de decisión estereotipada, automática e inconsciente, es la que desencadena una determinada emoción, y nuestra percepción de dicha sensación nos lleva a pensar en una cierta dirección. Después –ya conscientemente– somos nosotros quienes damos significado a lo que sentimos y quienes le atribuimos "causas", de acuerdo a nuestras creencias. Pasado el periodo refractario, dado que un pensamiento suele originar a su vez otros subsiguientes, que aminoran o incrementan la emoción primigenia, dependerá de nosotros si la seguimos alimentando o la apaciguamos. En todo caso, como la conducta sí que es voluntaria, vale la frase: "pensar primero y actuar después".

Para el hombre pensante, el limbo y el purgatorio pasaron hace tiempo a ser meras metáforas poéticas. Le toca el turno al alma. ¿Viviré para presenciarlo? Eso espero.

El autor es médico
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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