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Especial para La Prensa negocios@prensa.com BAHÍA AZUL, Ño Kribo. -La comarca Ngöbe Buglé presenta localidades de gran belleza, en su mayoría desconocidas. Una de estas es la Bahía Azul, situada en la costa atlántica del distrito de Kankintú, en Ño Kribo, una de las tres regiones que conforman ese territorio. La ruta se inicia en la localidad llamada Bahía de Chiriquí Grande, en Bocas del Toro, donde a diario se vive un gran movimiento comercial con ventas de todo tipo. A pocos metros de esta zona comercial, hay un sinnúmero de pequeños muelles que, como una gran terminal de transporte vehicular, ven el entrar y salir de naves acuáticas de todos los tipos y tamaños. Aquí se ofrece el servicio de transporte de pasajeros, de mercancía y productos agrícolas, sobresaliendo marcadamente el acarreo de banano verde, el cual se da por el alto consumo dentro de la población indígena que habita en las costas de esta bahía. Los botes y las pangas se llenan rápidamente de pasajeros, y los que esperan la hora de partida a sus comunidades se protegen de los rayos del sol y la lluvia con paraguas. Por eso se recomienda viajar con ropa ligera, al igual que un chaleco salvavidas. viaje Durante el trayecto en bote hacia la Bahía Azul, la vista es alucinante con el encuentro en pleno mar de otras naves que van y vienen repletas de pasajeros y adornadas de pequeñas islas y aves en vuelo. El primer contacto con tierra en el trayecto se da en Punta Alegre, donde primero se divisa la playa de esta pequeña comunidad, habitada por ngöbes y buglés, un pequeño muelle de madera abandonado, su escuela y una cadena de casas de madera, tipo rancho. Desde este punto, a pocos minutos de recorrido, se llega a la playa de la comunidad de Bahía Azul, que la componen a su vez varios pequeños muelles de madera, la cabina del teléfono público, casas de madera, la escuela, pequeños locales comerciales y el relleno hecho por Rosendo Robinson, un ngöbe buglé de apariencia extranjera, con acento inglés y quien recibe a los visitantes con jovial y espontánea alegría. Comerciante en todos los géneros, Robinson pone a disposición de los interesados el servicio de hospedaje, alimentación y paseos por la zona de playas e islas, la cual conoce al "dedillo". paisaje Cuando cae la tarde, en el horizonte se hacen presentes gamas de colores y matices únicos y el aroma particular de la brisa marina, sumándose el rico olor que despiden unas piezas de pescados al freírse, recién sacados. Minutos antes de las 7:00 p.m., se escucha el ruido que proviene de una pequeña planta generadora de energía eléctrica con la cual se dota la zona de la familia Robinson, servicio que se mantendrá hasta eso de las 9:00 p.m. cuando cierra la tienda y la venta de combustible para las naves a motor. El amanecer es memorable por los colores que reflejan los primeros rayos del sol, sumado al movimiento sigiloso de pequeños botes. Solo se escucha levemente el juguetear de las pequeñas olas y el chasquido de los remos que impulsan estas naves de confección rústica. La actividad durante el día es variada: los niños corren, los adultos se enfocan en sus quehaceres cotidianos de la agricultura o de pesca artesanal. De igual, otros esperan que el sol pegue más fuerte para que una vez que caliente un piso, derramar sobre él, granos de arroz en cáscara para, horas más tarde, ser pilados. retorno El retorno a Chiriquí Grande se realiza desde tempranas horas de la mañana, a fin de evitar los fuertes rayos del sol. Si el clima aparenta que se darán fuertes aguaceros, el viejo capitán Robinson no permitirá la movilización de sus botes. "Es mejor esperar que pase la tormenta y no ser parte de ella", expresa en tono de protección. Además en Economía y Negocios
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