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Panamá, miércoles 9 de enero de 2008
 

DESARTICULACIÓN DEL NACIONALISMO.

Retos pendientes desde el 9 de enero

967254Carlos Guevara Mann

Con el rechazo del Convenio de Bases entre Panamá y Estados Unidos, el 22 de diciembre de 1947, el nacionalismo panameño registró su primer triunfo significativo. Las jornadas de diciembre de 1947 demostraron el surgimiento de un nuevo sentimiento ciudadano: una sólida conciencia patriótica que tendría su apogeo el 9 de enero de 1964. Ese día, acosada por las tropas estadounidenses, la ciudadanía panameña demostró su energía y la justicia de su causa.

El 9 de enero el pueblo panameño se irguió para exigir la nacionalización y neutralización del Canal y la eliminación de las bases militares. Un "¡basta ya!" resonó a lo largo y ancho de la república. Seguidamente, el gobierno de Roberto F. Chiari obtuvo de la administración del presidente Johnson el compromiso de negociar un acuerdo que resolviera las causas del conflicto entre Panamá y Estados Unidos. En 1965, la declaración conjunta de los presidentes Johnson y Robles (sucesor de Chiari) proveyó los fundamentos para la negociación de los tratados de 1967 ("tres en uno") que, sin embargo, no satisficieron las aspiraciones panameñas. El rechazo ciudadano produjo el descarte de esos tratados, considerados insatisfactorios por la opinión pública istmeña.

El golpe militar de 1968 –por los mismos que en 1964 rehusaron defender al país frente a la agresión estadounidense– obstaculizó la realización de las principales aspiraciones del nacionalismo y el civilismo panameño. Tras el cuartelazo, la dictadura panameña y el gobierno estadounidense pusieron en marcha una estrategia para legalizar la presencia militar de Estados Unidos en el país, prevenir atentados contra el canal y consolidar a Panamá como centro de espionaje del Comando Sur.

En tierra istmeña, los personajes principales del montaje fueron Omar Torrijos –espía de la brigada de inteligencia militar de Estados Unidos– y Manuel Noriega –agente de la CIA. Esta dupleta de peligrosos elementos incorporó al Partido del Pueblo a su programa propagandístico seudonacionalista, que tenía como propósito crearle a la dictadura una imagen "tercermundista" que previniera ataques al canal por enemigos de Estados Unidos y permitiera el logro de los demás objetivos estadounidenses sin críticas o amenazas.

Los abundantes financiamientos y donaciones otorgados por Estados Unidos a la dictadura, lo mismo que el contenido de la declaración conjunta Tack–Kissinger (1974) –valientemente denunciado en Panamá por el Movimiento de Abogados Independientes (MAI)– pusieron de manifiesto la farsa seudonacionalista del régimen cuartelario. En efecto, los tratados que surgieron de dicha declaración –tanto el pacto sobre el canal como el Tratado Torrijos–Carter de Neutralidad– distaron de procurar los designios históricos del nacionalismo panameño, enarbolados por los mártires del 9 de enero.

Trece años después de la gesta de enero –con la firma de los tratados de 1977– Estados Unidos comprobó el éxito de su política exterior y los panameños confirmamos el entreguismo, la venalidad y la turbiedad del régimen militar. La política exterior estadounidense fue exitosa, pues a pesar de los reclamos exteriorizados por los panameños en 1964, Estados Unidos mantuvo su enclave en nuestra zona de tránsito durante los 36 años posteriores a esa fecha, hasta el 31 de diciembre de 1999. También lo fue porque obtuvo la legalización de sus sitios militares hasta 1999 y, sobre todo, porque a través de la dictadura castrense logró la desarticulación del nacionalismo panameño, principal desafío al control estadounidense del canal y las bases.

Estados Unidos, ciertamente, cumplió con la entrega del canal en 1999, según se había acordado desde 1967. A cambio, sin embargo, logró –a perpetuidad– el paso expedito de sus buques de guerra por el Canal de Panamá (lo que desvirtúa la pretendida "neutralidad" a la que Torrijos y Carter aludieron en su pacto de 1977). A cambio, asimismo, obtuvo un ilegal derecho de intervención –también a perpetuidad– en nuestro territorio, en caso de que, a juicio de Washington, el funcionamiento del canal sea puesto en peligro.

Cuarenta y cuatro años después de los acontecimientos de 1964, la política exterior panameña tiene frente a sí el histórico reto de lograr la verdadera neutralización del canal de Panamá. Quiera Dios que un próximo gobierno, de orientación civilista y democrática, pueda emprender dicho objetivo sin aspavientos

y ni oportunismos: por el contrario, con el patriotismo que la ciudadanía demanda de sus servidores públicos.

El autor es catedrático de Ciencias Políticas y fue director general de Política Exterior
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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