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Soliloquium
Federico Esbel
El intenso frío nocturno que se entreteje en el aire contaminado de nuestra metrópolis, me ha servido de musa para que broten de mis dedos, esquivos pensamientos que emergen solamente cuando se hace persistente el silencio total.
Ella. Vuelve a mi mente como ola de marea alta, que se hace más fuerte y más grande cada vez que trato de olvidarla. Preciosa… pequeña. Su retrato está colgado en una de las 6 paredes de mi habitación, y no logro descolgarla por el miedo de que desaparezca por completo el calor de su mirada. Aunque esa mirada sea una farsa, un invento de mis sentidos.
Lo que me causa mayor angustia es entender lo precario que es este sentimiento que se asoma a la cercanía de mi soledad. Tan vaga es la huella que has dejado en mí. Pero a la vez, aguda y persistente. Astillosa.
Adivino más noches como estas. Más largas aún. Más frías quizás. Con el recuerdo volátil de una duda atada a mis párpados.
Una mirada mitológica, penetrante y fija, que petrificó mi cuerpo, pero embriagó mi alma. Que me dejó inmóvil ante la presencia profunda y oscura de sus ojos. Frente a frente. Cara a cara. Dudé. No hice nada. Esa mirada cobrará venganza en mí. En mi existencia. En todas las noches como esta. Será mi carcelera, mi verdugo, mi demonio… mi inspiración.
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