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Panamá, viernes 28 de diciembre de 2007
 

DESPROTECCIÓN.

¿Indulto o impunidad?

Jennie Barb

En Navidad, cuando se celebra el nacimiento del Niño Jesús y los niños y niñas reciben juguetes y regalos; cuando el calor de la familia se hace más importante, observamos con asombro cómo el Gobierno Nacional decide otorgar un indulto presidencial a dos personas condenadas por el abuso sexual de una niña.

Panamá, país de incongruencias, legisla para empoderar a niños y niñas a fin de disminuir los niveles alarmantes de abuso y maltrato, mientras envía un lamentable mensaje sine qua non a la sociedad y al mundo, al cubrir con el manto de la impunidad un delito tan grave como lo constituye el abuso sexual infantil. La justicia se tiñe de decepción…

Varias veces he escrito en esta columna sobre la violencia y sobre la promoción de los derechos de nuestros niños y niñas, y he dedicado mi vida profesional a proteger, tratar y defender estos derechos. En la confidencialidad de la terapia, he acompañado en el largo camino de su recuperación a un sinnúmero de niños y niñas víctimas sobrevivientes de abuso sexual. He podido mirar muy de cerca sus esfuerzos por funcionar día a día, aun con el peso de las consecuencias indelebles del abuso.

El abuso sexual infantil no es un delito político ni mucho menos un delito común. Se hace evidente el profundo desconocimiento en relación con el tema y la necesidad de instruir sobre el abuso infantil a todos los estratos de nuestra sociedad. Y esto tiene que ser completamente aclarado a la ciudadanía. El abuso sexual es un delito grave, violatorio de los derechos de la niñez. Es un problema social y de salud pública que va en aumento y que repercute en los niveles de violencia que vive nuestro país. Se da en todas las razas, religiones, niveles socioculturales, educacionales y económicos. Ocurre de manera silenciosa y es perpetuado por la sociedad y por las mismas características del trauma. La mayoría de los abusadores sexuales sufrieron este tipo de maltrato durante la niñez, enmarcando este delito dentro de un ciclo transgeneracional. Personas de ambos sexos, de apariencia respetable, socialmente colaboradoras y activas, pueden abusar de los niños y las niñas. Frecuentemente, estas personas padecen de pedofilia, trastorno incurable caracterizado por sentir deseo sexual incontrolable hacia niños y niñas.

Como psicóloga activista de los derechos humanos, sin juzgar ni entrar en aspectos legales, he sentido la obligación de pronunciarme lamentando profundamente la descalificación del sufrimiento no solo de la niña en cuestión, sino de tantos niños y niñas que hoy experimentan cómo se legitima la agresión que ha marcado sus vidas para siempre.

Que esto sea una oportunidad para reflexionar y revisar con responsabilidad los fundamentos no solo de los indultos, sino de la manera cómo protegemos a nuestra niñez y construimos un futuro mejor para nuestro amado país.

La autora es psicóloga y presidenta de la Fundación Unidos por la Niñez
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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