RELACIONES.
Bush y América Latina: ¿de mal en peor?
960587Gonzalo Espáriz
Por primera vez en cinco años, el gobierno estadounidense volvió en 2007 la mirada hacia Latinoamérica. Pero un viaje del Presidente George W. Bush a la zona, un par de iniciativas de colaboración y muchas declaraciones de intenciones no lograron cerrar las heridas abiertas en cinco años de indiferencia cuando no de abierta hostilidad.
Como analizó la revista Time, Bush dio la espalda hace un lustro a Latinoamérica porque la mayoría de sus países "rechazó apoyar su invasión de Irak". Sidney Weintraub, experto del think tank conservador Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), asegura que el motivo es que en realidad la región está intrínsecamente en un segundo plano en la política exterior estadounidense.
Sea cual fuere la explicación, los hechos dicen que cuando ahora intentó restablecer vínculos, la administración estadounidense se encontró con un área cada vez más tendida a la izquierda y abiertamente hostil a las políticas de un Presidente en su penúltimo año de mandato.
La visita de Bush en marzo a la región, con paradas en Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México en siete días, fue el paradigma de las relaciones entre ambas partes en el año: mucha forma y poco fondo en el caso estadounidense, y más resentimiento en el caso latinoamericano.
El Presidente habló de "justicia social", de la "compasión" estadounidense hacia la pobreza. Pero muy pocos lo creyeron en una de las zonas del mundo más hostiles a su política internacional, y fue recibido con masivas manifestaciones allá donde fue.
"La visita reveló, más que otra cosa, que Washington perdió una oportunidad tras el 11 de septiembre de progresar en una agenda común con Latinoamérica", aseguró Michael Shifter, vicepresidente del Diálogo Inter–Americano, un prestigioso think tank de corte liberal de Washington.
Shifter reconoció "buenas intenciones" de Bush. Y lo cierto es que el Departamento de Estado incrementó sustancialmente sus mensajes hacia la zona en comparación con años anteriores. "En Latinoamérica trabajamos duro este año para promocionar la democracia y la prosperidad, y para apoyar a nuestros aliados, que están intentando construir sistemas más justos y abiertos", afirmó como balance del año la secretaria de Estado, Condoleezza Rice.
Pero por mucho que lo intentase, la impresión que transmitió la política estadounidense fue más tratar de contrarrestar la influencia del venezolano Hugo Chávez que promocionar valores como "libertad", "democracia" o "justicia", de los que están repletos los discursos.
Prácticamente cualquier medida o análisis de Washington sobre la región en los últimos 12 meses incluyó siempre de alguna manera a Chávez, y sus efectos en líderes como el boliviano Evo Morales o el ecuatoriano Rafael Correa, así como en las negociaciones para la ratificación de los tratados de libre comercio (TLC) de Perú (ya aprobado), Colombia o Panamá (aún pendientes).
El propio Bush hizo tanto hincapié en la importancia económica de los acuerdos como en la geopolítica para "contrarrestar los populismos". Y en Washington pocos ocultaron su alegría, por ejemplo, cuando Chávez salió derrotado en el referéndum de reforma constitucional de diciembre.
Sobre otros asuntos, sin embargo, la administración corrió un tupido velo, como el fracaso en junio de la reforma migratoria, un asunto de preocupación común para toda la zona: con 12 millones de inmigrantes ilegales en un limbo, aproximadamente 10 millones de ellos de origen latinoamericano, cada canciller o presidente de la zona que visitó Washington en la segunda mitad del año pidió sin éxito al Gobierno estadounidense la reactivación de la iniciativa.
En inmigración, como en el resto de políticas, las perspectivas no son más halagüeñas en el corto plazo, y mucho menos considerando que a Bush le queda poco más de un año en el cargo, que el Congreso tiene una frágil mayoría demócrata y que el país está abocado en 2008 a una dura batalla electoral por la sucesión en la Casa Blanca.
"Es poco razonable esperar muchas energías políticas e iniciativa" en Estados Unidos hacia la zona, aseguró Shifter. Y según el experto, tampoco cabe esperar una mayor implicación sea quien sea el nuevo presidente, a la vista de su casi nula presencia en la agenda de la carrera electoral. "Es difícil imaginar que Latinoamérica será una prioridad".
Aún así, varios asuntos seguirán encima de la mesa. Según Shifter, el TLC con Colombia tendrá "un camino duro" si logra la ratificación del Congreso. Algo que con seguridad conseguirá –"aunque con algunas modificaciones"– la Iniciativa Mérida, por la que Estados Unidos ayudará a México y Centroamérica en la lucha contra el crimen organizado. Pero el trasfondo amenaza con seguir siendo el mismo: la desconfianza mutua entre la región y la administración Bush.
DPA
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