SUR DE CHILE. COLONIZACIÓN.
En la Tierra del Fuego
| CORTESÍA/Alejandro Balaguer y Museo Maggiorino Borgatello |
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| HERENCIA. Familias altivas.959544 |
Alejandro Balaguer
Especial para La Prensa
vivir+@prensa.com
Oculto detrás de una roca sopesó la flecha conteniendo el aliento. Amarrada a una rama recta, la simétrica punta equilibraba el peso del arma. Otros cazadores formaron un semicírculo mortal que se fue cerrando hasta que llovieron las flechas. Causaron estragos y muchos guanacos murieron. Los cazadores Selk’nam prepararon la marcha de los cuerpos aún calientes y emprendieron el retorno a la aldea. A la distancia, varias columnas de humo se elevaban sobre el oleaje destellante del estrecho de Magallanes. Ellos no lo sabían, pero se enfrentarían a su extinción. Corría el año de 1900 aunque parecía el paleolítico. Al Sur de Chile, en la Tierra del Fuego, el nuevo siglo traería un holocausto.
El choque de culturas fue mortal para los nativos, los llamados Hijos de la Tierra. Con el avance inexorable de la colonización, los terratenientes fueron desalojando a los indígenas. Las ovejas pasaron a ser como oro blanco para los europeos y ocuparon los territorios donde usualmente pastaban los guanacos. Al no comprender el sentido de la propiedad privada, los Hijos de la Tierra comenzaron a cazar ovejas. Por su parte, los cazadores blancos, contratados por los poderosos terratenientes, comenzaron a cazar indígenas. Las nuevas enfermedades y el alcohol traído por los europeos harían también estragos. En pocos años, el exterminio de los Aónikenk o Tehuelche, asentados entre el río Santa Cruz y el estrecho de Magallanes, además de cuatro etnias de la Tierra del Fuego, los Selk’nam u Ona, los Kawéskar o Alacacalufe, los Haush o Manekenk, y los Yámana o Yagán, se hizo realidad.
Conscientes de lo inevitable, armados de pesadas cámaras fotográficas, trípodes y accesorios, dos curas salesianos registraron los años finales de las últimas familias indígenas. María Alberto de Agostini y Martín Gusinde rescataron su vida diaria y sus tradiciones en cientos de placas consideradas un tesoro antropológico, testimonio invalorable al resguardo del Museo Maggiorino Borgatello , en Punta Arenas.
"Había traído lo indispensable para la revelación y con la oscuridad de la noche terminé las placas y a la mañana siguiente dejé que los curiosos vieran los negativos. Pronto me llamaron por el nombre Mink’, lo que da el sentido de El Cazador de Sombras, o de imágenes, como una paráfrasis del fotógrafo, y desde entonces no lo perdí más".
El sol calienta, aunque el viento ruge y el frío hiere. Con el recuerdo del padre Martín Gusinde, el Cazador de Sombras caminó por la pujante ciudad de Punta Arenas. Desde una colina que domina el estrecho de Magallanes, la vida se anima tras el largo invierno patagónico. Atrás quedan bellas alamedas a la sombra de filas de altos árboles que se han doblado uniformemente por los mandatos del tenaz viento.
Dentro del Museo Maggiorino Borgatello, la colección de los curas-fotógrafos salesianos da vida a los artefactos y reliquias históricas que se rescataron del olvido. Los hermanos Salesianos han sido un buen ejemplo para la gente del nuevo Sur. Ellos saben que la memoria requiere de estímulos para despertar el pasado, para que los recuerdos sirvan como guía en busca de un futuro mejor.
En las vitrinas y paredes del añejo museo, como acto mágico, pero gracias a la fotografía, vuelven a la vida los espíritus de los Hijos de la Tierra: cazadores al acecho, familias altivas, el calor de las chozas, cuerpos pintados, médicos brujos, juegos de fuerza, costumbres en sepia, miradas de siglos y cientos de rostros que se resisten al olvido.
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