PROGRESOS.
La pausa de la muerte
La Asamblea General de las Naciones Unidas votó este martes por una moratoria mundial sobre la pena de muerte. La resolución no tenía carácter obligatorio; su peso simbólico apenas hizo una ola en el océano noticioso de Estados Unidos, donde el derecho de los gobiernos a matar al que mata está consagrado en la ley y las costumbres.
Pero, para quienes han estado intentando alejar al mundo de la venganza letal como una política gubernamental, todo esto fue un hito. La resolución fracasó repetidamente en los años 90, pero esta vez la votación fue de 104 a favor y 54 en contra, con 29 naciones absteniéndose. Se ha dado progreso en Europa y en África. Naciones como Senegal, Burundi y Gabón –e incluso Ruanda, avergonzada por el genocidio– han decidido rechazar la pena de muerte, por considerarla una forma de barbarismo oficial.
Estados Unidos, como es costumbre, se formó del otro lado, con Irán, China, Pakistán, Sudán e Irak. Juntos, esta hermandad de sangre, representa más del 90% de las ejecuciones en todo el mundo, con base en datos del grupo Amnistía Internacional. La devoción de estos países a la soberanía es rígida, al igual que su perversa fe en la ejecución como un disuasivo criminal y un instrumento de justicia civilizada. Pero, más allá de Texas, Ohio, Virginia, Myanmar, Singapur, Arabia Saudí y Zimbabwe, hay cada vez más países que esperan algo mejor de la humanidad.
Muchos no son naciones o estados, sino grupos de personas normales, organizaciones como la Comunidad de Sant’Egidio, movimiento de legos católicos que empezó en Italia cuyo activismo hizo mucho por generar la exitosa votación de esta semana en la Asamblea General.
Ellos están motivados por la esperanza ... e incluso hay algunos en Estados Unidos. La Suprema Corte oirá próximamente un debate sobre la crueldad de la ejecución mediante la inyección letal. El lunes de esta semana, Nueva Yersey se convirtió en el primer estado de la Unión Americana en abolir la pena capital en 40 años.
Este suceso, de la misma forma, dejó a buena parte de Estados Unidos sin reacción alguna. Pero, en el extranjero, las votaciones en Trenton y la Organización de Naciones Unidas fueron recibidas como noticias gloriosas. Roma continuó con una tradición relativa a la celebración de las victorias en contra del castigo capital: bañaba el Coliseo, donde alguna vez los cristianos alimentaban a los leones, en luz dorada.
Editorial de The New York Times
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