‘DESBARAJUSTES INSTITUCIONALES’.
El caudillismo de Evo Morales
José E. Mosquera
Los brotes nacionalistas de los pueblos indígenas no son movimientos aislados como usualmente se tiene la creencia desde la cima del poder en América Latina, sino una creciente oleada de inconformidades y cohesiones políticas que se han consolidado silenciosamente desde Chiapas hasta el altiplano boliviano.
Los indígenas cada vez más solicitan dominios sobre las tierras que en el pasado cimentaron sus culturas, en el fondo lo que buscan es ser forjadores de sus propios destinos. Sin embargo, detrás de esos movimientos se han estructurado unas especies de radicalismos que a veces afectan las coexistencias con otras etnias y sectores políticos.
Ecuador, Perú y Bolivia son los países en donde más cohesiones políticas alcanzan los movimientos indígenas, por ende, se han transformado en poderosas fuerzas políticas que inciden en la conducción de los Estados. En Perú saborearon el poder con Alejandro Toledo, y en Ecuador sus movilizaciones han sido preponderantes en las elecciones y dimisiones de los últimos mandatarios, por supuesto, claves en el sostén político de los gobiernos.
Entre tanto, en Bolivia las fuerzas políticas indígenas con el Movimiento al Socialismo de Evo Morales y otros tantos aliados, fueron los que precipitaron la dimisión del presidente Gonzalo Sánchez de Losada. Sin embargo, la elección de Evo Morales no significó la cesación de la crisis política, por el contrario, la recrudeció, toda vez que los sectores políticos que él había combatido en el pasado se convirtieron en opositores de su gobierno.
Indudablemente las crisis políticas y los desbarajustes institucionales no son fenómenos nuevos, son asuntos que tienen profundas raíces históricas que van más allá de las actuales protestas. Los golpes de Estado que ha tenido el país a lo largo de su vida republicana sintetizan, de alguna manera, un derrotero que demuestra la fragilidad institucional y la ausencia de gobiernos verdaderamente democráticos.
El radicalismo del gobierno de Morales hace eco a un pasado lleno de vicisitudes y caudillismos. Por consiguiente, el control de las mayorías que logró, tanto en el Congreso como en la Asamblea Constituyente ha servido para afianzar un extremado radicalismo e imponer reformas económicas como la nacionalización de los hidrocarburos, la ley de tierras, el recorte de los ingresos de los departamentos y otra serie de medidas que afectan la propiedad privada y, desde luego, profundizan la crisis política.
Por eso, el Gobierno afronta una férrea oposición, tanto de sectores de la derecha como de la izquierda, igualmente de los movimientos políticos y organizaciones sociales indígenas que no comparten la visión de gobierno del Movimiento al Socialismo y los aymará, que encarna la administración de Morales.
En efecto, algunos grupos indígenas hacen parte de los movimientos opositores en los seis departamentos que se han declarado en franca rebeldía contra el Gobierno central y la nueva Constitución. Un asunto que tiene mucho que ver con la manera cómo el Gobierno convocó la Asamblea Constituyente, condujo los debates y aprobó la nueva carta política.
Una Constitución que a pesar de que consagra avances sociales importantes en relación con las autonomías, el autogobierno y el reconocimiento y consolidación de instituciones indígenas ancestrales, el hecho de haber sido aprobada sin consenso político se ha convertido en detonante de protestas.
Un asunto que estaba cantado, por eso, el presidente Morales se adelantó a convocar un referéndum revocatorio del mandato de él y los prefectos. Una medida que busca entre otras cosas aminorar las protestas, pero no conjura la crisis ni el desbarajuste institucional, porque lo que pretende es que si los mandatarios departamentales no son ratificados, tendría la potestad de reemplazarlos por incondicionales al Gobierno.
Un asunto que resulta vital para el Gobierno, ya que garantiza más aliados para la nueva Constitución y apuntala las aspiraciones hegemónicas de Morales, pero desestabiliza más al país.
Lo que se esconde tras bambalinas con la nueva Constitución que, en opinión de algunos constitucionalistas es un carta ambigua, no es más que la consolidación de un germen sutil de un endemoniado caudillismo con ribetes de totalitarismo que trata de imponer Evo Morales, al estilo chavista en la maltrecha democracia boliviana.
El autor es periodista y escritor
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