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Panamá, viernes 14 de diciembre de 2007
 

IGUALDAD DE CONDICIONES.

Desde el medio

Jorge Luis Real

A mi cabeza vienen imágenes recurrentes de todo lo que ha sucedido en los últimos meses y pienso que ha llegado el momento de romper ese silencio obligado de los que estamos sentados en el medio como árbitro de tenis, observando cómo el país (la cancha) se ha dividido y convertido en campo de batalla en el que dos jugadores mañosos hacen todo el esfuerzo por golpear la pelota por encima de la red con la mayor fuerza posible, aplicando técnicas aprendidas, efectos y trucos de todo tipo, con la única finalidad de ganarle la partida al contrario. En ese sentido, considero mi deber, como ciudadano, asalariado, profesional, llamar la atención de estos colosos que, al medir sus fuerzas, ensombrecen mi presente y empinan mi camino hacia la prosperidad deseada.

Al jugador que está a mi izquierda, le digo que me cuesta comprender sus argumentos. Creer que en pleno siglo XXI profesen aún la idea del eterno obrero, como si viviésemos bajo un sistema de castas y no de méritos. ¿Por qué un obrero de la construcción, por ejemplo, no puede tener la aspiración de escalar dentro de la sociedad? Pareciera quererse vender la imagen de que el que ahí trabaja, ahí se queda y ahí debe morir, que no habrá evolución: hoy construyo, mañana superviso, luego soy el dueño de la empresa, luego vivo en el edificio que un día ayudé a construir y así... ¿Será eso acaso un pecado mortal? ¡Basta ya de ese discurso que propugna la lucha de clases!, que para lo único que sirve es para desalentar la aspiración y la superación de sus seguidores.

Claro, la respuesta que da el Gobierno, que está a mi derecha, me puede dar alguna idea del porqué. Con el mensaje subliminal que dice: no te superes, porque cuando llegues al medio te castigo, para que no tengas ganas de continuar subiendo o para que el salto que tengas que dar sea tan grande que no habrá forma alguna de que algún día cumplas tus metas y deseos.

Desde el medio les digo que, tomando en cuenta nuestra realidad actual, es muy difícil conciliar la idea de tener que aportar más al fisco y a la Caja de Seguro Social, pues el sacrificio que se nos pide es cada vez mayor y las perspectivas de mejora o subsistencia son cada vez menos alentadoras. No tenemos opción, nuestro salario se reduce cada vez más y nuestro costo de vida se incrementa. Por un lado, con la excusa de una subsidiaridad exagerada, disfrazada de solidaridad y por el otro con la de ayudar a un gobierno central (sea cual sea el partido gobernante de turno) que no produce, para que gaste y despilfarre a su antojo; y todo ello, sin que los que están llamados a velar por la Justicia den muestras de que están cumpliendo su deber o, al menos, de que lo intentan, y que los que legislan, dejen de hacerlo para su propio beneficio o el de su partido.

Como consecuencia de lo anterior, nos vemos obligados a pagar escuelas y seguros privados procurando tener acceso a servicios decentes para que el futuro de nuestra familia y su salud no dependa de un sistema público decadente, anacrónico y carente de todo lo necesario para brindar un servicio medianamente bueno, en el que la prioridad sea la gente y no el bolsillo del director de turno. ¡Qué no daría por que fuera todo lo contrario! Aquella hermosa utopía de un "sistema de salud igual para todos", un sistema de transporte ordenado y eficiente, carreteras, educación, es cada vez más eso ... una utopía.

Mientras pasa el quinquenio, a la espera de que el ciclo se reinicie con el próximo período electoral y volvamos a tener a estos seres especiales tocando a nuestras puertas, prometiéndonos un cambio que nunca llega, pues el mismo es solo de color; veo con preocupación como, por estar sumidos en la defensa de posiciones políticas y sociológicas diametralmente opuestas, vamos dejando de lado aquella noción de que como sociedad debemos salir adelante, dando todo para encontrar nuestro norte como nación emergente y queriendo hacer de esta tierra un lugar atractivo para el mundo.

Es hora de que, en una sociedad en la que se debe profesar la idea de formar un solo equipo unido, fuerte y ágil, capaz de participar en cualquier torneo internacional de naciones, con la finalidad de traer prosperidad a esta tierra, el Gobierno (uno de los tres pilares de Estado) adopte su rol de facilitador, que establezca con claridad y verticalidad las reglas del juego para que todos los que en él participamos tengamos seguridad jurídica y estabilidad, que sirvan como los carburadores de la máquina estatal. De esta manera se le brindará a todos los asociados la oportunidad de competir en igualdad de condiciones y, al final, ganarán quienes actúen con inteligencia, honradez y arduo trabajo y solo perderá el que se rinda.

El autor es abogado
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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